jueves, junio 15, 2006

La tromba

40.400 km
Mi cazadora de cuero no es impermeable. Al menos no aguanta media hora bajo la intensa lluvia de una tormenta de verano, la media hora más larga que recuerdo sobre Mi Vespa. Tampoco los guantes de verano (aunque eso ya lo imaginaba), pues los dedos han llegado como quedan los garbanzos cuando los dejo en remojo la noche antes de preparar el cocido.
Ya llovía cuando salí de casa; en realidad ya llovía cuando me desperté y las gotas repiqueteaban contra los cristales como los tambores de Calanda pero confié en los rigores veraniegos y pensé que la nube se marcharía tan rápido como mi sueldo. Aún así se me ocurrió ponerme la chaqueta de invierno, totalmente impermeable, pero al abrir el armario me dio calor verla tan gruesa y pereza sacarla de su funda y tan gruesa. Cuatro gotas, no puede caer más, volví a pensar ingenuo. Al llegar a la calle y ver cómo el cielo pasaba de castaño a oscuro miré mis guantes y dudé si volver a por los de invierno pero repetí el pensamiento que tuve respecto a la chaqueta y me atreví con los frescos veraniegos. El grifo del cielo seguía abierto y el chubasquero para las piernas viaja siempre bajo el asiento de Mi Vespa; menos mal que ni por un momento dudé ponérmelos.
Nada más arrancar ya suspuse que no tendría un buen viaje. Decir que llovía no describe con fidelidad la realidad. Decir que llovía mucho aún queda lejos. Podría probar con "llovía torrencialmente", "diluviaba", "caían chuzos de punta" o cualquier otra similar pero la sensación que tuve es que el fontanero del cielo quería llenar todos los pantanos de la península en un par de horas. De hecho, lo consiguió con todos los vados, baches, hondonadas, ramblas, hundimientos, socavones, zanjas, roderas, desniveles, agujeros y depresiones (que no son pocos) que hay en la Comunidad de Madrid.
Al llegar al primer cruce comprobé como la distancia de frenado aumentaba peligrosamente (Menos mal que no iba muy deprisa). En la primera rotonda, ya convertida en Aquópolis, la moto comenzó a dudar de su punto de equilibrio y antes de salir a la autopista la visera del casco ya parecía el espejo de una sauna.
Reducir la velocidad, primera norma, sin duda. Después, multiplicar la atención, dividir las frenadas, sumar precaución... todo eso lo sé pero no resultaba fácil la aplicación de la fórmula si me faltaba uno de los elementos clave: la visibilidad. Cuanto más avanzaba, menos veía. Por más que limpiara el casco constantemente la intensa lluvia volvía a oscurecerlo. Si levantaba la visera resultaba peor porque el agua se metía en los ojos.
¡Ah!, y el tráfico. ¿No había dicho que la autopista se encontraba prácticamente colapsada? Bueno, podías haberlo supuesto ¿no? O sea, que el reto no consistía sólo en batallar contra el temporal sino contra los coches, nerviosos por la suma de agua y retención. Sí, tengo que confesar que pasé miedo en varios momentos, por ejemplo cuando, con unos segundos de anticipación (debido a la escasísima visibilidad) descubrí ante mí una profunda piscina ¡en medio de la autopista! Pude esquivarla a tiempo y sin demasiada brusquedad pero ya me veía yo buceando con moto y todo.
Creo que nunca antes había tenido tantas ganas de llegar al trabajo. ¡Qué alegría al descubrir la calle de la empresa! ¡Qué alegría al aparcar la moto y comprobar que todos mis huesos se encontraban en su lugar preciso! ¡Qué fastidio al darme cuenta que los mismos huesos ubicados en su posición correcta chorreaban agua hasta por la médula!
Subí a mi puesto tal cual, sin quitarme ni el casco, como si fuese un buceador de esos antiguos de la escafandra y chorreando igual que si el Nautilus tuviese goteras. Tan empapado me encontraba que la operación de despoje de prendas tuve que efectuarla despacio y con meticulosidad, procurando no empapar cuanto había a mi alrededor y, aún así, no pude evitar dejar un charquito en el suelo. Lo peor, sin embargo, se encontraba bajo el caparazón pues la camiseta parecía que acababa de salir de la lavadora con el centrifugado estropeado. Por suerte, en el departamento de al lado tienen camisetas promocionales y pudieron prestarme una nueva que, aunque cuatro tallas más que la mía, me sentó de maravilla.
Ni el calor que irradia el monitor ni la temperatura de la oficina lograron secar las prendas que aún por la noche continuaban húmedas. Quizá por eso, cuando a la noche decidí salir a celebrar el jueves, miré al cielo y lo vi más negro que el futuro de una mariposa, dejé Mi Vespa bien aparcadita frente a casa. Y es que no valgo pá ná...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me alegro muchísimo que llegaras vivo al ordendor para contarnos (esta vez) tus desventuras.La Vespa y la lluvia son enemigas íntimas.
Ah! Felicítala de mi parte; que cumpla muchos más.
Un saludo.
Alberto