Todo un reto por delante: conseguir que en dos días una chica que viene de fuera tenga una idea aproximada de cómo es esta ciudad invivible pero insustituible a la vez, como creo que dijo el cronista de La Corte, señor Sabina.
Resulta que hace unos meses me inventé un curioso relato que ni por asombro pensé que pudiera realizarse y, sin embargo, ha resultado premonitorio. Las diferencias entre aquella invención y lo sucedido ayer, apenas son mayores que las que separan los límites de lo posible. Evidentemente no pasee a Audrey Hepburn ni la chica de carne y hueso se sentó con las piernas a un lado con la única protección de un pañuelo anudado. En cuanto al recorrido, que para el relato, preparé en mi imaginación con calma, para el paseo real tuve que improvisar y adaptar sobre la marcha según las necesidades del siempre lamentable (a pesar de que la ciudad se vacía en agosto) tráfico madrileño y de las innumerables e interminables obras que convierten la ciudad en una valla permanente.
La cosa comenzó sin planificarla. Habíamos quedado en la Estatua del Ángel Caído del Retiro a la hora de comer. Paseamos entre las sombras del parque, visitamos los estanques, los palacios, algún árbol centenario y antes de las cinco de la tarde ya habíamos terminado la visita. La temperatura en la ciudad este diecisiete de agosto a las cinco de la tarde superaba los cuarenta grados. Pasear hubiese acabado con nuestras fuerzas y ánimos en media hora. Los museos más importantes ya los había conocido ella por su cuenta. Refugiarse en unos grandes almacenes tapoco entraba en nuestros planes.
Entonces se me ocurrió la idea: ¡Mi Vespa! Podríamos recorrer toda la ciudad de cabo a rabo como si caminásemos pero sin cansarnos y recibiendo en la cara la corriente que produce el movimiento. Desde El Retiro a los barrios ricos del norte, de las casas de pecado al centro histórico, de las avenidas con historia a las calles con escaparates, de este a oeste y de sur a norte no dejamos calle o barrio sin rodar.
Desde el asiento trasero de Mi Vespa ella contemplaba gentes, arquitecturas, esculturas y comercios y escuchaba mis explicaciones mientras yo conducía y pensaba en el siguiente destino. Claro que la ruta no resultaba perfecta: a veces pasaba tres veces por el mismo sitio o se me olvidaba algun monumento importante pero apenas pasé de largo tabernas. Cuando encontrábamos un barrio interesante, aparcaba el escúter a un lado, caminábamos y tomábamos cañas, más o menos de la misma manera que sucedía en el relato imaginado que antes mencionaba.
Conforme pasaban las horas cambiaba la fisonomía de la ciudad y decidimos caminar por una calle comercial. Allí le saltaron a los pies unas cómodas sandalias de oferta que nos llevaron caminando hasta otra tienda en la que me saltó a la vista una simpática camiseta de Vespa que acabó en mi pecho después de un duro proceso de elección del color más apropiado.
Una preciosa luna creciente ocupó en el cielo el lugar del sol pero seguimos sobre Mi Vespa recorriendo rincones interesantes hasta que encontramos una agradable terraza en la que reponer fuerzas.
En abril mi turista particular desaparecía como los sueños y yo amanecía con las carantoñas de mis gatas sobre el edredón. El final de esta historia no pienso contarlo.
Desde una Vespa el mundo se ve distinto. Ahora que recorro la vida sobre una, quiero contarlo.
jueves, agosto 18, 2005
martes, agosto 02, 2005
Una cerveza y una pizza
Rivas Vaciamadrid. Lunes 1 de agosto de 2005. Nueve de la noche. Tiempo tormentoso. Para quien no se sitúe diré que nos encontramos en una de las ciudades con menos bares por habitante de toda Europa; hoy comienzan las vacaciones para la mayoría de los habitantes de la Comunidad Madrileña y en esta ocasión coincide con el día de la semana que menos gente sale de casa para tomar algo y que, en consecuencia, aprovechan la mayoría de los establecimientos hosteleros para cerrar y descansar. Me estoy poniendo el casco para ir a casa y recogerme cuando suena el teléfono:
Llego a la puerta. Paro la moto. Me bajo. Me quito el casco y levanto el hueco bajo el asiento para sacar el suyo. Llega, nos besamos, se sube a Mi Vespa y comenzamos la marcha.
Operación inversa: desatar mi casco, abrir el hueco, sacar su casco, mis guantes, subirme a la moto, sacarla del hueco en que se encontraba aparcada, maniobrar marcha atrás, subir a mi amiga y buscar otro bar. Recordamos un centro comercial en el que hay dos: una terraza y otro interior, malo ha de ser que ninguno al menos el interior...
Ya cuando pasamos por la puerta de la terraza vimos que las sillas y las mesas se apilaban como si fueran las dos de la madrugada. Aunque el tiempo pasaba mientras duraban estas aventuritas, aún no llegábamos a esas horas, claro. Desestimada la opción de la terraza, optamos por el interior, así que, aparcamos la moto, nos quitamos los guantes, los cascos, lo guardamos todo meticulosamente en su hueco respectivo y nos dirijimos a cenar... eso pensamos porque al ser lunes cerraban por descanso. ¡Bien!
Con todo el cachondeo pasan de las once de la noche, hora complicada para buscar algo de comer en la ciudad donde vivo, por si alguien le interesa...
Llegamos al parking de la moto. Abrimos el hueco y sacamos su casco y los guantes, desatamos el mío, nos protegemos, me subo a Mi Vespa y... ¿qué pasó? Ni más ni menos que la había aparcado en rampa y me tocaba salir marcha atrás, arrastrando los ciento y pico kilos de la máquina.
Recontamos mentalmente los posibles lugares donde comer algo y lamentamos no haber concluído la "Guía de Bares donde comer algo en Rivas a partir de las once de la noche" que, con tanta ilusión, comenzamos el mes de febrero y estancamos en el de marzo.
Ya estábamos bastante hartos de poner, quitar, guardar y sacar tanto casco, la verdad, aunque también es cierto que en el último bar logramos reducir los tiempos casi hasta la mitad. ¡Es lo que tiene ser un profesional!
Ni cortos ni perezosos, decidimos recorrer todo el municipio sobre la Vespa, buscando un bar abierto donde den cualquier cosa de comer, como si fuésemos caballeros andantes en busca de afrentas que resolver. El paseo no resultaba tan desagradable a pesar del fuerte vendaval que se había levantado y que arrastraba polvo y arena en sus remolinos aunque ni una sola gota de agua. Pero al fin y al cabo, también los caballeros andantes tienen que recorrer las llanuras de cereal reseco y los polvorientos caminos de los campos de Castilla para encontrarse con su amada ¿no habríamos de hacerlo nosotros por una porción de pizza?
Y digo porción de pizza por ser lo que finalmente encontramos. El caso es que, pasando por un centro comercial, vimos que refulgían algunos luminosos. Pensamos que se trataba de vayas publicitarias pero, al fijarnos bien, comprobamos que se escondía una pequeña pizzería. Ante la duda, esta vez no atamos los cascos, ni los guardamos, sino que dejamos la moto tal cual (quitando el contacto y la llave, por su puesto) y nos acercamos a la pizzería esperando escuchar un "como no venía nadie, acabamos de cerrar la cocina" (frase de moda esa noche).
Cuál no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos un bar de aficionados (muy aficionados) a las motos, a juzgar por la gran cantidad (y calidad) de pósters y componentes remozados de vehículos caducos. Más sorpresa cuando probamos las deliciosas pizzas elaboradas al momento pero más sorpresa aún cuando aparece por la puerta un viejo amigo al que hacía siglos que no veiamos. Este sólo venía a por tabaco y a pagarnos un par de cervezas. Después quedamos completamente solos en el bar por lo que nos atendieron con dedicación y sin estar mirando el reloj cada cinco minutos o pasando la escoba para barrer el local.
Nos pareció increíble pero cenamos y bien. Después vuelta a casa. El viento se había agudizado y habíamos llenado "el depósito" con "alguna" cerveza por lo que había que realizar más esfuerzo para mantenerse en pie que un sedado para levantar los párpados. Aún así, llegamos a casa, sanos, enteros, y cenados.
Bajamos de Mi Vespa, nos quitamos los cascos, guardé el suyo bajo el asiento, volví a colocar el mío sobre la cabeza y aceleré en vacío el motor.
Ya me iba cuando, entre las explosiones del motor escuché su voz:
- Hola, ¿qué tal? ¿Qué haces? ¿Me vienes a buscar y nos tomamos algo?No sólo no acostumbro a rechazar invitaciones que proceden de chicas guapas sino que comienza el mes de agosto y en Madrid quedamos ella, yo y tres más despistados que vienen a hacer turismo, así que acepto sin dudar. Como la tormenta anunciaba desde hacía rato, antes de ir a su casa paso por la mía y me protego con la cazadora después voy por ella.
Llego a la puerta. Paro la moto. Me bajo. Me quito el casco y levanto el hueco bajo el asiento para sacar el suyo. Llega, nos besamos, se sube a Mi Vespa y comenzamos la marcha.
- ¿Dónde vamos?Pregunta muy habitual en Rivas que, no por frecuente, alguna vez recibe una respuesta convencida. Recuerdo que me he enterado de una terraza nuevo y no dudamos probarla. Llegamos, vemos luces encendidas y escuchamos rumor, así que paramos la moto, bajamos, cada uno se quita su casco, abrimos el hueco bajo el asiento y guardamos el suyo y mis guantes. Mi casco tengo que atarlo al transportín o llevarlo de la mano, pues, no sé si recordarás que me abrieron el cofre y en ese momento lo tenía en casa con intención de arreglarlo. Decido atarlo con la cadena que también uso para la bici. Nos acercamos al bar y encontramos a los camareros, al cocinero y al dueño, por otra parte, conocido de mi compañera de aventuras. Nos saludamos y nos explica que lo han cerrado porque no quedaba gente ese día a esas horas, así que salimos.
Operación inversa: desatar mi casco, abrir el hueco, sacar su casco, mis guantes, subirme a la moto, sacarla del hueco en que se encontraba aparcada, maniobrar marcha atrás, subir a mi amiga y buscar otro bar. Recordamos un centro comercial en el que hay dos: una terraza y otro interior, malo ha de ser que ninguno al menos el interior...
Ya cuando pasamos por la puerta de la terraza vimos que las sillas y las mesas se apilaban como si fueran las dos de la madrugada. Aunque el tiempo pasaba mientras duraban estas aventuritas, aún no llegábamos a esas horas, claro. Desestimada la opción de la terraza, optamos por el interior, así que, aparcamos la moto, nos quitamos los guantes, los cascos, lo guardamos todo meticulosamente en su hueco respectivo y nos dirijimos a cenar... eso pensamos porque al ser lunes cerraban por descanso. ¡Bien!
Con todo el cachondeo pasan de las once de la noche, hora complicada para buscar algo de comer en la ciudad donde vivo, por si alguien le interesa...
Llegamos al parking de la moto. Abrimos el hueco y sacamos su casco y los guantes, desatamos el mío, nos protegemos, me subo a Mi Vespa y... ¿qué pasó? Ni más ni menos que la había aparcado en rampa y me tocaba salir marcha atrás, arrastrando los ciento y pico kilos de la máquina.
Recontamos mentalmente los posibles lugares donde comer algo y lamentamos no haber concluído la "Guía de Bares donde comer algo en Rivas a partir de las once de la noche" que, con tanta ilusión, comenzamos el mes de febrero y estancamos en el de marzo.
Ya estábamos bastante hartos de poner, quitar, guardar y sacar tanto casco, la verdad, aunque también es cierto que en el último bar logramos reducir los tiempos casi hasta la mitad. ¡Es lo que tiene ser un profesional!
Ni cortos ni perezosos, decidimos recorrer todo el municipio sobre la Vespa, buscando un bar abierto donde den cualquier cosa de comer, como si fuésemos caballeros andantes en busca de afrentas que resolver. El paseo no resultaba tan desagradable a pesar del fuerte vendaval que se había levantado y que arrastraba polvo y arena en sus remolinos aunque ni una sola gota de agua. Pero al fin y al cabo, también los caballeros andantes tienen que recorrer las llanuras de cereal reseco y los polvorientos caminos de los campos de Castilla para encontrarse con su amada ¿no habríamos de hacerlo nosotros por una porción de pizza?
Y digo porción de pizza por ser lo que finalmente encontramos. El caso es que, pasando por un centro comercial, vimos que refulgían algunos luminosos. Pensamos que se trataba de vayas publicitarias pero, al fijarnos bien, comprobamos que se escondía una pequeña pizzería. Ante la duda, esta vez no atamos los cascos, ni los guardamos, sino que dejamos la moto tal cual (quitando el contacto y la llave, por su puesto) y nos acercamos a la pizzería esperando escuchar un "como no venía nadie, acabamos de cerrar la cocina" (frase de moda esa noche).
Cuál no sería nuestra sorpresa cuando descubrimos un bar de aficionados (muy aficionados) a las motos, a juzgar por la gran cantidad (y calidad) de pósters y componentes remozados de vehículos caducos. Más sorpresa cuando probamos las deliciosas pizzas elaboradas al momento pero más sorpresa aún cuando aparece por la puerta un viejo amigo al que hacía siglos que no veiamos. Este sólo venía a por tabaco y a pagarnos un par de cervezas. Después quedamos completamente solos en el bar por lo que nos atendieron con dedicación y sin estar mirando el reloj cada cinco minutos o pasando la escoba para barrer el local.
Nos pareció increíble pero cenamos y bien. Después vuelta a casa. El viento se había agudizado y habíamos llenado "el depósito" con "alguna" cerveza por lo que había que realizar más esfuerzo para mantenerse en pie que un sedado para levantar los párpados. Aún así, llegamos a casa, sanos, enteros, y cenados.
Bajamos de Mi Vespa, nos quitamos los cascos, guardé el suyo bajo el asiento, volví a colocar el mío sobre la cabeza y aceleré en vacío el motor.
Ya me iba cuando, entre las explosiones del motor escuché su voz:
¿Quieres subir a casa y nos tomamos algo?
domingo, julio 31, 2005
On the road again

No ha pasado ni un año ha pasado desde la última vez que decidí salir con Mi Vespa a la carretera. De viaje, quiero decir, porque, lo que es en la carretera propiamente dicha estoy absolutamente todos los días. Pero no es lo mismo ir a trabajar que cargar equipaje en el baúl y emprender una ruta de más de cien kilómetros con intención de pasar varios días fuera.
No es que llegar hasta Ávila pueda considerarse una aventura muy grande pero es una manera de salir de la rutina del trayecto diario y enfrentarse a otras carreteras diferentes. Eso se nota desde el momento en que hay que colocar los bultos en los huecos de la moto. Por poco que se necesite, una mochila pequeña es imprescindible para tres días y yo nunca viajo sin cámara de fotos, por lo que ya estamos hablando de dos mochilas. Y si, además, como era el caso, tenía que llevar un par de cometas, la cuestión se complica bastante. Como tantas otras veces, distribuir los paquetes a transportar empieza siendo la primera gran aventura de los traslados en vespa pero, aunque me costó, logré distribuir todos los bultos entre los espacios disponibles. Y emprendí la marcha.
Por si no os habéis dado cuenta, estamos en julio y el viaje lo empecé un sábado. O sea, plena "Operación Salida". Si hubiera tenido que llevar el coche habría tenido que planificar la hora de salida y la ruta teniendo en cuenta todos los condicionantes pero con Mi Vespa no hay atasco que valga, así que salí a la hora que me dio la gana y por el camino que más me apetecía.
Si en mi viaje anterior elegí el mítico puerto de La Cruz Verde, en esta ocasión quería subir el Alto del León, desde Guadarrama hasta San Rafael. Una carretera también mítica aunque no tan transitada por motoristas. La subida comenzó de maravilla y Mi Vespa me demostró una vez más que puedo pedirle lo que quiera. Sin embargo, al doblar la revuelta de Tablada, nos llevamos un susto que estuvo a punto de nublar todo el viaje. Mientras me concentraba en la belleza del paisaje y en la gama de olores del pinar, un Megane hacía trombos en medio de la carretera. Pegado a él circulaba otro coche más grande que tuvo los reflejos y la habilidad suficientes para esquivar su vaivén incontrolado adelantándole por el carril de la izquierda y suerte que en ese momento no bajaba ningún otro coche de frente. Siguiéndoles de cerca subía otro escúter que esquivó el baile por la derecha. Yo tuve la perspectiva suficiente como para librarme de maniobras extrañas simplemente reduciendo la velocidad. Podéis imaginaros la cara de susto del conductor del tio vivo con ruedas. Creo que aún le late el corazón como el subwoofer de un after. No sé si fue el propio San Cristóbal quien puso la mano o el vecino San Rafael. El caso es que todo quedó en un magnífico susto y todos pudimos continuar la subida.
Seguro que muchos de los que lean esto conocen ese puerto pero para los que no, diré que la visión desde arrib
a es magnífica. Si se mira al este puede verse Madrid y todos los pueblos satélite que lo rodean como si se tratase de un inmenso hormiguero. Se divisan también algunos de los embalses que abastecen de agua a la capital salpicando el colosal valle. Al oeste la visión es completamente diferente. Pinos y montañas ocupan la vista pintando de verde un valle más profundo, menos extenso y más delicioso. La parada en lo alto es casi obligada. Imagino aquí, al pie de este monumento, a los viajeros de entonces, camino de Ávila, coronando el puerto a lomos de mulas o sobre desvencijados carros cuyos ejes crujirían al tropezar con los pedruscos del camino. El Alto del León, al que Franco cambió el nombre durante la Guerra Civil por aquel más épico de Alto de Los Leones de Castilla, como homenaje a unas compañías de falangistas que en los primeros momentos de la rebelión militar intentaron cruzar la sierra para llegar a Madrid y no lo consiguieron. Hoy pocos recuerdan que este puerto que separa Madrid de Segovia lleva su nombre en singular por la estatua que se mantiene en alto desde hace más de un siglo y por eso me empeño en recordarlo: Alto del León, Alto del León...Decidí tomarme la bajada con mucha calma, disfrutando de cada revuelta de la carretera, incluso parando en algunos rincones interesantes, como la clásica fuente que queda a la izquierda poco antes de llegar al pueblo de San Rafael y que, tradicionalmente, era parada obligatoria para descansar del duro paso del puerto o antes de afrontarlo. Hoy sólo encontré desperdicios y un tímido chorro de agua fresca.
De allí seguí hasta El Espinar para atravesar después el magnífico paisaje de los Campos de Azálvaro. Por muchas veces que atraviese esta carretera no dejo de sorprenderme. La luz siempre cambiante, el tortuoso asfalto que se pierde en el horizonte, las interminables vallas de alambre que separan las ganaderías del camino y las cada vez más numerosas rapaces que levantan su vuelo al paso de los vehículos. Allí tomé la foto que abre esta nota y alguna otra que no viene a cuento subir, aunque os recomiendo que disfrutéis como yo de la carretera que hablo gracias a esta otra fabulosa foto de Jorge Estévez.
Por desgracia, algún desaprensivo ha decidido que esta maravilla de la naturaleza, antiguo Camino Real, no podía quedar libre de la especulación y ha decidido llenarla de asfalto. A pesar de que ya hay una autopista de peaje y una carretera nacional que llegan
hasta Ávila, por no hablar de otra comarcal muy transitada, han decidido añadir un carril más y tirar a la cuneta los históricos mojones que indicaban las leguas restantes hasta llegar a Ávila o Madrid. No sé si los recuperarán o terminarán en cualquier vertedero pero en la foto puede verse como se encuentran en este instante. Por mi parte voy a tratar de hacer las averiguaciones necesarias y denunciarlo en los medios a mi alcance, porque me parece penoso.Resulta que esta aventura, sin pretenderlo, se ha convertido en una nota denuncia. Bueno, no importa si la causa es buena.
Llegué a mi destino sin más inconvenientes que los propios de las obras de la carretera pero el viaje no había terminado porque una vez allí me dediqué a realizar pequeñas excursiones a los pueblos y parajes de alrededor.
Si ya en la ciudad resulta una gozada moverse en Mi Vespa, por las tortuosas y solitarias carreteras de montaña es una auténtica maravilla gozar del aire y el paisaje. No me importaría pasarme los días así, recorriendo pueblos desconocidos sobre la Vespa y sin ninguna prisa. Realmente creo que esto es lo que buscaba cuando me compré esta moto y que durante la actividad diaria se olvida por culpa de las prisas por llegar a todas partes. Aquí no había prisa ni más compromisos que las citas para comer o cenar en familia. Y, hablando de familia, mi sobrino que ya me acompañara el año pasado en alguno de estos escarceos montunos sobre la moto, no quiso perderse las escapadas y cada vez que se enteraba que iba a salir con Mi Vespa venía corriendo para que nos fuésemos juntos.
Por si no tuviera suficiente con las carreteras escondidas, también me atreví con los caminos. Aunque no fue intencionado. Paseaba por un pueblo del Valle Amblés y me acerqué a un vecino joven para preguntarle por algún camino agradable por el que se pudiera pasear hasta la sierra pero a pie. Muy amable, me indicó una ruta y, cuando me disponía a marchar, añadió: También puedes subir con la moto. Entonces se me encendió la lucecita. ¡Claro! ¡Una excursión off road con Mi Vespa! Ni corto ni perezoso tomé la dirección que me había indicado y comprobé el buen estado del firme. Aunque también comprobé que no es lo mismo circular por un camino con una bicicleta de once kilos que un bicho a motor de más de cien. Por no hablar del pavor que me daban las roderas, los regueros de agua, la gravilla... en fin, que más que disfrutar iba casi aprendiendo Vespa-cross. Subí varios kilómetros, hasta que comprendí que a partir de ese momento el camino sólo podía empeorar y me di la vuelta por miedo a una caida tonta que me amargase el viaje.La tarde del mismo día emprendí el camino de vuelta por una ruta diferente a la elegida para la ida: la comarcal que lleva hasta el Escorial bajando el puerto de La Cruz Verde. Hubiera resultado un viaje muy agradable y bello de no ser por el intenso tráfico (regreso de vacaciones) y por el desagradable viento que empujaba Mi Vespa en cada loma de la carretera, en cada claro del bosque.
Resulta curioso lo diferentes que resultan los viajes según el medio de transporte elegido. Llevo cuarenta años realizando este mismo viaje. Primero de pequeño con mis padres, después solo con mi propio coche. Ahora en Vespa. A pesar de que siempre es la misma ruta, siempre es diferente y en cada uno descubro algo nuevo. Por ejemplo, nunca antes, a pesar de la gran curiosidad que sentía, había parado junto al impresionante viaducto que salva el Río Cofio. Cuando la moda del puenting este era uno de los puntos preferidos por los aprendices de suicida que se lanzaban al vacío amarrados. Siempre me atrajo pero nunca paré. Quizá porque en coche siempre se va con prisa. Pero en la moto, los paisajes están al alcance de la mano. Se respiran en cada kilómetro. Por eso, esta vez no pude evitarlo y, al atravesar el puente paré y me asomé. Contemplé la altura y calculé los vuelos de los que se lanzaban pero en vez de envidiarles, imaginé una merienda en buena compañía a orillas del Río Cofio. Después, llegué a Madrid y desperté.
viernes, julio 08, 2005
Una piedra en el camino
Desde que la vi apearse del camión en marcha sabía que vendría a por mí.
A las tres de una tarde de verano en Madrid, la calima sobre el asfalto se confunde con el polvo que levantan los muchos camiones de escombros que ocupan la carretera. Las corrientes térmicas en los páramos del este de la capital bandean Mi Vespa y obligan a aumentar la concentración durante el trayecto de regreso a casa. Así circulaba ayer cuando la vi. El mismo viento que me zarandeaba hacía ondear como una bandera la red protectora del contenedor de escombros del camión que circulaba unos trescientos metros por delante y pude ver con nitidez como una piedra del tamaño de una mandarina se cansaba de viajar en camión y se tiraba en marcha contra el asfalto. Entonces empezó a botar, rodar y rebotar sin orden ni concierto, ora izquierda, saltos breves, ora derecha, altos saltos y sin salirse del carril por el que circulaba yo. Sin perder la vista de la carretera, no dejaba de ver la piedrecita que, por no ser más que un terrón de arena, perdía tamaño en cada impacto dividiéndose en piedrecitas más pequeñas que, como ella, pirueteaban sobre el asfalto. La distancia entre la legión de terrones desmembrados y mi rueda delantera disminuía de forma peligrosa preocupante y yo, no sé si atraído por su gravedad o porque en ese momento estaban ocupados los carriles vecinos, me veía incapaz de variar la dirección de Mi Vespa. Al punto reaccioné o quedó libre el carril izquierdo y con una leve inclinación de torso logré ocuparlo. Ya me veía libre del impacto cuando el terrón más gordo brincó anárquico y fue a estrellarse contra mi pie derecho.
A pesar de la zapatilla, el dolor fue similar al de un picotazo de avispa pero sonreí satisfecho; con el choque la piedra se desintegró en centenas de granitos de arena que se esparcieron sobre el asfalto y, en justo castigo, quedaron aplastados por las ruedas de los coches que me seguían.
A las tres de una tarde de verano en Madrid, la calima sobre el asfalto se confunde con el polvo que levantan los muchos camiones de escombros que ocupan la carretera. Las corrientes térmicas en los páramos del este de la capital bandean Mi Vespa y obligan a aumentar la concentración durante el trayecto de regreso a casa. Así circulaba ayer cuando la vi. El mismo viento que me zarandeaba hacía ondear como una bandera la red protectora del contenedor de escombros del camión que circulaba unos trescientos metros por delante y pude ver con nitidez como una piedra del tamaño de una mandarina se cansaba de viajar en camión y se tiraba en marcha contra el asfalto. Entonces empezó a botar, rodar y rebotar sin orden ni concierto, ora izquierda, saltos breves, ora derecha, altos saltos y sin salirse del carril por el que circulaba yo. Sin perder la vista de la carretera, no dejaba de ver la piedrecita que, por no ser más que un terrón de arena, perdía tamaño en cada impacto dividiéndose en piedrecitas más pequeñas que, como ella, pirueteaban sobre el asfalto. La distancia entre la legión de terrones desmembrados y mi rueda delantera disminuía de forma peligrosa preocupante y yo, no sé si atraído por su gravedad o porque en ese momento estaban ocupados los carriles vecinos, me veía incapaz de variar la dirección de Mi Vespa. Al punto reaccioné o quedó libre el carril izquierdo y con una leve inclinación de torso logré ocuparlo. Ya me veía libre del impacto cuando el terrón más gordo brincó anárquico y fue a estrellarse contra mi pie derecho.
A pesar de la zapatilla, el dolor fue similar al de un picotazo de avispa pero sonreí satisfecho; con el choque la piedra se desintegró en centenas de granitos de arena que se esparcieron sobre el asfalto y, en justo castigo, quedaron aplastados por las ruedas de los coches que me seguían.
martes, julio 05, 2005
Cumpleaño feliz
El caso es que no apunté la fecha en que compré Mi Vespa. No sé si eso es un error imperdonable o algo intrascendente. Supongo que en algún lugar debo guardar una factura o algún papel que lo acredite pero no me apetece buscarlo porque tampoco me importa demasiado. Lo que sí sé es que uno de estos días Mi Vespa cumple un año y este blog lo festeja mañana, seis de julio.
Un año de aventuras sobre dos ruedas durante el que ha pasado de todo: viajes, traslados, nuevas compañías, infortunios, sustos, incluso alguna pequeña avería pero sobre todo muchas alegrías. Aventuras que durante doce meses he relatado en esta página con todo detalle, incluso alguna que mejor hubiera sido callar pero que volvería a contar llegado el caso.
Historietas que han sido kilómetros, veintiocho mil ya y, claro, Mi Vespa, aunque goza de una excelente salud, necesita ser revisada para poder mantenerse tan lozana como hasta ahora. Por eso he decidido aprovechar esta fecha tan significativa para llevarla al taller y, mientras se repone, me han prestado otra.
Las personas somos de tal manera que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que nos falta; o tal vez sí, pero en la ausencia es cuando más valoramos lo que gozábamos. ¿Podría otra moto ocupar el hueco de Mi Vespa? Hay muchos modelos en el mercado, raro habría de ser que alguno no satisficiera mis necesidades pero no será la elegida la que, amablemente (mil gracias, J.) me dejaron.
Como no va a salir muy bien parada, prefiero no citar el modelo. Sí diré que se trata de un scooter con aspecto retro que al pasar cautiva miradas. Practicamente la estrenaba yo pues el cuentakilómetros sólo indicaba noventa recorridos pero el encuentro ya comenzó mal. Nada más subirme a ella me arañé con una arista metálica del reposapiés del acompañante y me hice una herida en la pierna izquierda.
J. me había advertido: "es un 125 cc refrigerado por aire que tiene la rueda pequeña, piensa en ir a noventa y ten cuidado al arrancar pues produce sensación de inestabilidad". Vale, ya sabía que corría poco, que era inestable y que hería las pantorrillas pero me llevaría a casa sin tener que tomar el tedioso autobús. Busqué un hueco donde dejar la bandolera que llevaba pero bajo el asiento sólo encontré un agujero en el que apenas cabía un casco quitamultas, ningún otro espacio para una simple bolsa que, no me quedó más remedio que colgar del hombro. Ya arriba, herido y con la bolsa al hombro accioné el contacto pero se resistió al primer intento. Y al segundo. Y al tercero. Sí, estaba fría, claro, me tiene muy mal acostumbrado Mi Vespa arrancando en cualquier circunstancia. Cuando por fin el motor me devolvió el sonido del giro bajé la moto del caballete y comencé a circular pero, al primer giro de puño, el manillar cromado quiso, por su cuenta, inspeccionar a ambos lados de la calle. Supongo que esa sería la sensación de inestabilidad a que se refería J. También me dijo que esa sensación desaparecía en cuanto "se le cogía el tranquillo" así que marché para casa. Sin embargo, al colocar los pies en la plataforma, me pareció que se encontraba altísima pues tenía que levantar las piernas más de lo habitual. También a eso habrá que acostumbrarse. Como a las miradas, pues ya en los primeros cien metros la gente la miraba y comentaba y no precisamente por mi torpeza en la conducción de semejante vehículo. El caso es que, ya en línea recta y por ciudad, traté de encontrarle el lado bueno y disfruté de la visión que me ofrecía mi propio reflejo en el faro también cromado. Vamos, que me veía yo como Peter Fonda en Easy Rider pero en scutre y por las bacheadas calles de Madrid. Sí, bacheadas calles de Madrid, porque si normalmente en scooter se sienten más que en ningún otro vehículo los accidentes del asfalto madrileño, cada vez que pasaba un bache con esta moto, todo el manillar temblaba como si fuera a caerme allí mismo. Eso que aún no había salido a carretera. Una vez en asfalto libre, lo peor no es que no pasase de noventa sino que había que ser un valiente para superar esa velocidad pues en cuanto la aguja del optimista reloj (¡¡indica hasta ciento cuarenta!!) pasaba esa cifra, todo empezaba a temblar como si los hierros cromados que la componían fueran a esparcirse por toda la autopista. Y eso que aún no había llegado a la zona en que el viento castiga todos los días a los motoristas por esa carretera. Ahí fue donde creí que tatuaría la preciosa pintura bicolor con las marcas de la carretera y casi que contaba los metros calculando donde sería la caída. Aferrado al manillar sentía como me adelantaban hasta los camiones aumentando con ello el temblor del scutre.
Me faltó besar el suelo cuando llegué a casa. Mientras lo aparcaba con la intención de no volverlo a usar hasta el día siguiente, un vecino se acercó para interesarse por el modelo. "Es muy bonito", me dijo. Como no quería ponerme a exclamar exabrubtos en ese momento, me limité a asentir (aunque ni eso lo tengo claro). Unas horas después otro vecino volvió a preguntar si había cambiado de moto, que le gustaba mucho a lo que respondí con un sincero "pues a mí no". Y no fue el último en hablarme de las maravillas estéticas de semejante modelo y a todos contestaba yo de forma parecida.
Es cierto que esta mañana, cuando la he vuelto a conducir para venir al trabajo no me ha resultado "tan" desagradable, no sé si porque me estaba acostumbrando a ella o porque me pasé en las apreciaciones negativas del día anterior. Sin embargo volví a respirar aliviado al dejarla aparcada sin haber sufrido el menor percance a pesar de los muchos sustos.
Más o menos por estos días hace un año que conduzco Mi Vespa y ya se ha hecho imprescindible en mi vida. Si me quedaba alguna duda acaba de disiparse después de un día conduciendo a otra así que ahora mismo voy a llamar al taller a ver si han terminado de revisarla.
Un año de aventuras sobre dos ruedas durante el que ha pasado de todo: viajes, traslados, nuevas compañías, infortunios, sustos, incluso alguna pequeña avería pero sobre todo muchas alegrías. Aventuras que durante doce meses he relatado en esta página con todo detalle, incluso alguna que mejor hubiera sido callar pero que volvería a contar llegado el caso.
Historietas que han sido kilómetros, veintiocho mil ya y, claro, Mi Vespa, aunque goza de una excelente salud, necesita ser revisada para poder mantenerse tan lozana como hasta ahora. Por eso he decidido aprovechar esta fecha tan significativa para llevarla al taller y, mientras se repone, me han prestado otra.
Las personas somos de tal manera que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que nos falta; o tal vez sí, pero en la ausencia es cuando más valoramos lo que gozábamos. ¿Podría otra moto ocupar el hueco de Mi Vespa? Hay muchos modelos en el mercado, raro habría de ser que alguno no satisficiera mis necesidades pero no será la elegida la que, amablemente (mil gracias, J.) me dejaron.
Como no va a salir muy bien parada, prefiero no citar el modelo. Sí diré que se trata de un scooter con aspecto retro que al pasar cautiva miradas. Practicamente la estrenaba yo pues el cuentakilómetros sólo indicaba noventa recorridos pero el encuentro ya comenzó mal. Nada más subirme a ella me arañé con una arista metálica del reposapiés del acompañante y me hice una herida en la pierna izquierda.
J. me había advertido: "es un 125 cc refrigerado por aire que tiene la rueda pequeña, piensa en ir a noventa y ten cuidado al arrancar pues produce sensación de inestabilidad". Vale, ya sabía que corría poco, que era inestable y que hería las pantorrillas pero me llevaría a casa sin tener que tomar el tedioso autobús. Busqué un hueco donde dejar la bandolera que llevaba pero bajo el asiento sólo encontré un agujero en el que apenas cabía un casco quitamultas, ningún otro espacio para una simple bolsa que, no me quedó más remedio que colgar del hombro. Ya arriba, herido y con la bolsa al hombro accioné el contacto pero se resistió al primer intento. Y al segundo. Y al tercero. Sí, estaba fría, claro, me tiene muy mal acostumbrado Mi Vespa arrancando en cualquier circunstancia. Cuando por fin el motor me devolvió el sonido del giro bajé la moto del caballete y comencé a circular pero, al primer giro de puño, el manillar cromado quiso, por su cuenta, inspeccionar a ambos lados de la calle. Supongo que esa sería la sensación de inestabilidad a que se refería J. También me dijo que esa sensación desaparecía en cuanto "se le cogía el tranquillo" así que marché para casa. Sin embargo, al colocar los pies en la plataforma, me pareció que se encontraba altísima pues tenía que levantar las piernas más de lo habitual. También a eso habrá que acostumbrarse. Como a las miradas, pues ya en los primeros cien metros la gente la miraba y comentaba y no precisamente por mi torpeza en la conducción de semejante vehículo. El caso es que, ya en línea recta y por ciudad, traté de encontrarle el lado bueno y disfruté de la visión que me ofrecía mi propio reflejo en el faro también cromado. Vamos, que me veía yo como Peter Fonda en Easy Rider pero en scutre y por las bacheadas calles de Madrid. Sí, bacheadas calles de Madrid, porque si normalmente en scooter se sienten más que en ningún otro vehículo los accidentes del asfalto madrileño, cada vez que pasaba un bache con esta moto, todo el manillar temblaba como si fuera a caerme allí mismo. Eso que aún no había salido a carretera. Una vez en asfalto libre, lo peor no es que no pasase de noventa sino que había que ser un valiente para superar esa velocidad pues en cuanto la aguja del optimista reloj (¡¡indica hasta ciento cuarenta!!) pasaba esa cifra, todo empezaba a temblar como si los hierros cromados que la componían fueran a esparcirse por toda la autopista. Y eso que aún no había llegado a la zona en que el viento castiga todos los días a los motoristas por esa carretera. Ahí fue donde creí que tatuaría la preciosa pintura bicolor con las marcas de la carretera y casi que contaba los metros calculando donde sería la caída. Aferrado al manillar sentía como me adelantaban hasta los camiones aumentando con ello el temblor del scutre.
Me faltó besar el suelo cuando llegué a casa. Mientras lo aparcaba con la intención de no volverlo a usar hasta el día siguiente, un vecino se acercó para interesarse por el modelo. "Es muy bonito", me dijo. Como no quería ponerme a exclamar exabrubtos en ese momento, me limité a asentir (aunque ni eso lo tengo claro). Unas horas después otro vecino volvió a preguntar si había cambiado de moto, que le gustaba mucho a lo que respondí con un sincero "pues a mí no". Y no fue el último en hablarme de las maravillas estéticas de semejante modelo y a todos contestaba yo de forma parecida.
Es cierto que esta mañana, cuando la he vuelto a conducir para venir al trabajo no me ha resultado "tan" desagradable, no sé si porque me estaba acostumbrando a ella o porque me pasé en las apreciaciones negativas del día anterior. Sin embargo volví a respirar aliviado al dejarla aparcada sin haber sufrido el menor percance a pesar de los muchos sustos.
Más o menos por estos días hace un año que conduzco Mi Vespa y ya se ha hecho imprescindible en mi vida. Si me quedaba alguna duda acaba de disiparse después de un día conduciendo a otra así que ahora mismo voy a llamar al taller a ver si han terminado de revisarla.
viernes, junio 24, 2005
Dos mujeres y un destino
Celebrábamos el solsticio de verano. Saltamos sobre la hoguera, quemamos los malos augurios y bebimos queimada. Cuando sólo quedaban brasas en el suelo y ni una caña de cerveza en el grifo decidimos buscar un bar pero el más cercano se encontraba a más de media hora a pie y uno de nuestros seis pies sufría una lesión que le impedía caminar mucho tiempo. Las otras cinco piernas acumulaban el cansancio de toda una jornada de obligaciones, paseos y bailes.
No quedaba otra solución que utilizar Mi Vespa pero... una moto, dos cascos, tres personas, un conductor. Repasamos en alto todas las opciones: "Yo me voy andando y tú llevas a Lª en la moto" dijo L. "Vamos los tres en la Vespa", "Buscamos alguien que nos lleve en coche", "encargamos tres cervezas a Tele Pizza" o "nos teletransportamos" fueron otras de las sugerencias. Pero ninguna cobraba cuerpo. Entonces se me ocurrió: "Haré tantos viajes como sea necesario y vamos todos en moto". "¿Estarías dispuesto?" me preguntaron casi a coro y les respondí que, por supuesto, sin dudarlo.
Así que Lª se quedó compartiendo brasas con en el corrillo de borrachos que permanecían junto a la hoguera mientras L y yo nos acercábamos en Mi Vespa al bar más próximo. Serían las dos de la madrugada, el asfalto estaba mojado por la tormenta caída unos minutos antes y casi todas las calles del barrio levantadas por obras. Así, lo que podía haber sido un recorrido de dos minutos se prolongó a más del doble y otros tantos de vuelta.
En un momento, visualicé la situación: noche de solsticio de verano, dos de la madrugada, tiempo tormentoso, L esperando a la puerta del único bar abierto en el barrio, Lª esperando en los restos de una hoguera junto a una panda de fumaos y yo, entremedias de las dos a lomos de Mi Vespa. Cómico. Al menos a mí me lo pareció y me imaginaba un ojo omnipresente observándome dejar a una chica y tomar a otra y pasearlas a ambas por las calles mojadas de una ciudad sin gente.
Cuando llegamos allí estaba L esperando. Entramos los tres juntos, tomamos nuestras ansiadas cervezas y charlamos hasta que cerraron el bar.
Teníamos que ir a casa y se repetía la historia. Allí estabamos Mi Vespa y yo con sólo un asiento libre y dos mujeres a las que llevar a casa, cada una en un sentido opuesto. Esta vez fue L quien tomó la decisión asegurando que vivía cerca y podía acercarse caminando. La adelantamos mientras llevábamos a Lª a su destino. Nos saludó con la mano deseando buenas noches pero en su mirada intuí que no eligió la opción preferida.
No quedaba otra solución que utilizar Mi Vespa pero... una moto, dos cascos, tres personas, un conductor. Repasamos en alto todas las opciones: "Yo me voy andando y tú llevas a Lª en la moto" dijo L. "Vamos los tres en la Vespa", "Buscamos alguien que nos lleve en coche", "encargamos tres cervezas a Tele Pizza" o "nos teletransportamos" fueron otras de las sugerencias. Pero ninguna cobraba cuerpo. Entonces se me ocurrió: "Haré tantos viajes como sea necesario y vamos todos en moto". "¿Estarías dispuesto?" me preguntaron casi a coro y les respondí que, por supuesto, sin dudarlo.
Así que Lª se quedó compartiendo brasas con en el corrillo de borrachos que permanecían junto a la hoguera mientras L y yo nos acercábamos en Mi Vespa al bar más próximo. Serían las dos de la madrugada, el asfalto estaba mojado por la tormenta caída unos minutos antes y casi todas las calles del barrio levantadas por obras. Así, lo que podía haber sido un recorrido de dos minutos se prolongó a más del doble y otros tantos de vuelta.
En un momento, visualicé la situación: noche de solsticio de verano, dos de la madrugada, tiempo tormentoso, L esperando a la puerta del único bar abierto en el barrio, Lª esperando en los restos de una hoguera junto a una panda de fumaos y yo, entremedias de las dos a lomos de Mi Vespa. Cómico. Al menos a mí me lo pareció y me imaginaba un ojo omnipresente observándome dejar a una chica y tomar a otra y pasearlas a ambas por las calles mojadas de una ciudad sin gente.
Cuando llegamos allí estaba L esperando. Entramos los tres juntos, tomamos nuestras ansiadas cervezas y charlamos hasta que cerraron el bar.
Teníamos que ir a casa y se repetía la historia. Allí estabamos Mi Vespa y yo con sólo un asiento libre y dos mujeres a las que llevar a casa, cada una en un sentido opuesto. Esta vez fue L quien tomó la decisión asegurando que vivía cerca y podía acercarse caminando. La adelantamos mientras llevábamos a Lª a su destino. Nos saludó con la mano deseando buenas noches pero en su mirada intuí que no eligió la opción preferida.
martes, junio 21, 2005
Aviso
Desde que forzaron el cofre de Mi Vespa no ha vuelto a ser el mismo. Se encuentra retraído y algo obstinado, por eso cuando tengo que abrirlo o cerrarlo necesito varios intentos hasta que lo consigo y, aún así, siempre he de verificarlo.
Esta mañana, cuando monté en Mi Vespa para ir a trabajar, tras el esfuerzo de abrir el cofre, saqué el casco, metí la mochila y volví a pelearme con el cierre. Creí cumplido mi objetivo y arranqué.
El trayecto transcurrió como siempre (últimamente todo sucede como siempre, esa es la verdadera razón de que haya tan pocas historias nuevas en esta página) hasta que llegué a la ciudad y paré en semáforo. Había mucho menos tráfico que otros días y en la línea de salida tan solo me escoltaban un par de coches conducidos por chavales jovenes.
Mientras la luz roja nos detenía ante la línea blanca, por la acera caminaba una chica guapísima: alta y de larga melena agitaba con gracia una falda vaporosa mientras andaba cadenciosa. Ante la duda de mirar al asfalto, al semáforo al rostro dulce que enmarcaba su pelo caramelo no lo dudé ni un segundo y me perdí siguiendo sus pasos.
Me despertó del ensueño un claxon. Busqué su procedencia y encontré a los del coche de mi izquierda mirando hacia su derecha, o sea, hacia donde estaba yo pero que, a su vez, era el mismo lugar que donde estaba la belleza, por lo que deduje que la pitaban a ella. Con dos segundos de diferencia escuché otro pitido. En esta ocasión eran los que estaban a mi derecha que miraban a su izquierda. O sea, hacia donde estaba yo pero que, a su vez, era el mismo lugar que donde estaba el otro coche, por lo que deduje que les pitaban a ellos. Al punto volvieron a pitar los de la izquierda e inmediatamente después, los de la derecha. Y yo en medio.
Todos los que pasaban por la acera, incluida la chica que admiré, buscaban el origen de los pitidos y encontraban sus miradas con las de los conductores de los coches escandalosos. Pensé que se estaban peleando. O que eran amigos y se avisaban del monumento que caminaba cerca.
En realidad llegué a pensar de todo. Menos que se había abierto el cofre en la carretera y me estaban avisando.
Esta mañana, cuando monté en Mi Vespa para ir a trabajar, tras el esfuerzo de abrir el cofre, saqué el casco, metí la mochila y volví a pelearme con el cierre. Creí cumplido mi objetivo y arranqué.
El trayecto transcurrió como siempre (últimamente todo sucede como siempre, esa es la verdadera razón de que haya tan pocas historias nuevas en esta página) hasta que llegué a la ciudad y paré en semáforo. Había mucho menos tráfico que otros días y en la línea de salida tan solo me escoltaban un par de coches conducidos por chavales jovenes.
Mientras la luz roja nos detenía ante la línea blanca, por la acera caminaba una chica guapísima: alta y de larga melena agitaba con gracia una falda vaporosa mientras andaba cadenciosa. Ante la duda de mirar al asfalto, al semáforo al rostro dulce que enmarcaba su pelo caramelo no lo dudé ni un segundo y me perdí siguiendo sus pasos.
Me despertó del ensueño un claxon. Busqué su procedencia y encontré a los del coche de mi izquierda mirando hacia su derecha, o sea, hacia donde estaba yo pero que, a su vez, era el mismo lugar que donde estaba la belleza, por lo que deduje que la pitaban a ella. Con dos segundos de diferencia escuché otro pitido. En esta ocasión eran los que estaban a mi derecha que miraban a su izquierda. O sea, hacia donde estaba yo pero que, a su vez, era el mismo lugar que donde estaba el otro coche, por lo que deduje que les pitaban a ellos. Al punto volvieron a pitar los de la izquierda e inmediatamente después, los de la derecha. Y yo en medio.
Todos los que pasaban por la acera, incluida la chica que admiré, buscaban el origen de los pitidos y encontraban sus miradas con las de los conductores de los coches escandalosos. Pensé que se estaban peleando. O que eran amigos y se avisaban del monumento que caminaba cerca.
En realidad llegué a pensar de todo. Menos que se había abierto el cofre en la carretera y me estaban avisando.
martes, junio 07, 2005
Aquella noche
Tenía que suceder. Imaginaba que tarde o temprano llegaría el día. La noche, para ser más exactos. Una noche aún de primavera que por temperatura anticipaba el verano. Por tópico que parezca, las estrellas colgaban de la parez oscura del cielo que teníamos de fondo y bajaban hasta confundirse con las luces del valle que descansaba a nuestros pies. Osea, sí, una noche perfecta, preciosa noche aquella que decidimos cenar en una terraza a las afueras de nuestra ciudad.
Confundidos por el lugar y el ambiente pedimos un conejo al ajillo que no estaba a la altura de lo esperado pero que nos sirvió de sustento para las próxima horas.
Apenas permanecía una mesa de clientes remolones cuando nos marchamos. Un gato como la noche jugaba en el asiento de Mi Vespa a cazar los mosquitos que revoloteaban al calor de la farola. También nosotros jugamos con él mientras vestíamos cascos y guantes. A veces las manos que acariciaban su lomo negro salpicado de estrellas tropezaban con las de ella o las de ella con las mías y pasaban del pelo negro del animal a su blanca piel o a mis muñecas tostadas. Decidimos no volver a casa así que paseamos por las retorcidas carreteras que serpentean desde el valle al páramo sin girar apenas el acelerador.
No sería por la velocidad, quizá por el frío, el caso es que sus brazos rodearon mi cintura y los dedos escaparon traviesos hacia donde comienzan las piernas y su cabeza se inclinó cariñosa sobre mi hombro.
Cuando llegamos al alto decidí continuar por el borde de la meseta para disfrutar del paisaje de luciérnagas de tungsteno en los márgenes del río pero no había asfalto y tuve que tomar un camino. A esas horas sólo transitaban por allí los conejos que saltaban entre las retamas y los grillos que ponían la banda sonora.
Paré el motor. Nos bajamos de la moto, dejamos caer los cascos y comenzamos a besarnos. Pronto las manos se perdieron bajo las delicadas telas veraniegas que nos cubrían dibujando circulitos sobre la piel, que se erizaba por el roce de los dedos o por la brisa que también acariciaba. Sobró mi camiseta, que voló hasta encontrarse con los cascos, sobró su vestido que subió por su cintura hasta dejar la piel refulgiendo en la oscuridad, sobraron mis pantalones que a la altura del tobillo imitaron al fruto de las higueras cercanas y sobrarían aquí las palabras para el lector avezado pero debe terminarse lo que se comienza, por lo que seguiré ahora con el relato como seguimos con las caricias y los besos aquella noche.
Mi Vespa había quedado apoyada sobre el caballete central y este sobre el irregular firme del camino horadado por las rodadas que se formaron en la época de lluvias. Intercambiamos los puestos: me senté en la parte trasera y ella en el espacio que suelo ocupar yo pero con la espalda hacia el manillar. Era la primera vez que mis pies descalzos se apoyaban en la plataforma y mis manos, en vez del manillar dirigían sus caderas que golpeaban mi pelvis con más intensidad que la moto circulando por carreteras bacheadas. Con la agitación se tambaleaba Mi Vespa, la brisa se ceñía al cuerpo y refrescaba la cabeza que, aturdida con la excitación, los movimientos de la moto y el viento, se separó del resto del cuerpo y echó a volar sobre la vega.
En pocos minutos Mi Vespa realizó uno de los viajes más largos de su vida, nos llevó al más allá sin moverse del camino en menos tiempo del que tarda en calentarse el motor.
No nos vestimos. Quedamos desnudos abrazados sobre el asiento contemplando el negro horizonte salpicado de luces diminutas y los aviones que pasaban cada treinta segundos dibujando una línea horizontal tan perfecta como la unión del instante anterior.
Confundidos por el lugar y el ambiente pedimos un conejo al ajillo que no estaba a la altura de lo esperado pero que nos sirvió de sustento para las próxima horas.
Apenas permanecía una mesa de clientes remolones cuando nos marchamos. Un gato como la noche jugaba en el asiento de Mi Vespa a cazar los mosquitos que revoloteaban al calor de la farola. También nosotros jugamos con él mientras vestíamos cascos y guantes. A veces las manos que acariciaban su lomo negro salpicado de estrellas tropezaban con las de ella o las de ella con las mías y pasaban del pelo negro del animal a su blanca piel o a mis muñecas tostadas. Decidimos no volver a casa así que paseamos por las retorcidas carreteras que serpentean desde el valle al páramo sin girar apenas el acelerador.
No sería por la velocidad, quizá por el frío, el caso es que sus brazos rodearon mi cintura y los dedos escaparon traviesos hacia donde comienzan las piernas y su cabeza se inclinó cariñosa sobre mi hombro.
Cuando llegamos al alto decidí continuar por el borde de la meseta para disfrutar del paisaje de luciérnagas de tungsteno en los márgenes del río pero no había asfalto y tuve que tomar un camino. A esas horas sólo transitaban por allí los conejos que saltaban entre las retamas y los grillos que ponían la banda sonora.
Paré el motor. Nos bajamos de la moto, dejamos caer los cascos y comenzamos a besarnos. Pronto las manos se perdieron bajo las delicadas telas veraniegas que nos cubrían dibujando circulitos sobre la piel, que se erizaba por el roce de los dedos o por la brisa que también acariciaba. Sobró mi camiseta, que voló hasta encontrarse con los cascos, sobró su vestido que subió por su cintura hasta dejar la piel refulgiendo en la oscuridad, sobraron mis pantalones que a la altura del tobillo imitaron al fruto de las higueras cercanas y sobrarían aquí las palabras para el lector avezado pero debe terminarse lo que se comienza, por lo que seguiré ahora con el relato como seguimos con las caricias y los besos aquella noche.
Mi Vespa había quedado apoyada sobre el caballete central y este sobre el irregular firme del camino horadado por las rodadas que se formaron en la época de lluvias. Intercambiamos los puestos: me senté en la parte trasera y ella en el espacio que suelo ocupar yo pero con la espalda hacia el manillar. Era la primera vez que mis pies descalzos se apoyaban en la plataforma y mis manos, en vez del manillar dirigían sus caderas que golpeaban mi pelvis con más intensidad que la moto circulando por carreteras bacheadas. Con la agitación se tambaleaba Mi Vespa, la brisa se ceñía al cuerpo y refrescaba la cabeza que, aturdida con la excitación, los movimientos de la moto y el viento, se separó del resto del cuerpo y echó a volar sobre la vega.
En pocos minutos Mi Vespa realizó uno de los viajes más largos de su vida, nos llevó al más allá sin moverse del camino en menos tiempo del que tarda en calentarse el motor.
No nos vestimos. Quedamos desnudos abrazados sobre el asiento contemplando el negro horizonte salpicado de luces diminutas y los aviones que pasaban cada treinta segundos dibujando una línea horizontal tan perfecta como la unión del instante anterior.
viernes, mayo 13, 2005
A Santiago
Podría ir a Santiago en Mi Vespa pero ese sería otro viaje que no descarto. Este lo inicié a pie y a pie lo terminaré. Hasta entonces la protagonista de estas páginas descansará en el aparcamiento esperando las nuevas historias que nos sucederán cuando regrese.
miércoles, mayo 11, 2005
Encierro
La tertulia se prolongó un buen rato junto al lugar donde tenía aparcada Mi Vespa. Llegado el momento, dije a mis amigos: "Me voy, me espera una dama". Entre risas nos despedimos. Ellos se fueron en bloque y yo quedé colocándome el casco y los guantes con intención de marchar rápido. Grave error. Hasta que arranqué la moto no me di cuenta que me habían dejado encerrado. Mi Vespa se había convertido en una península de las dos ruedas: rodeada de coches por todas partes menos por una: la acera. Ah, bueno, no hay problema, pensarás, te subes a la acera y te vas. Ja.
El primer intento de escapatoria fue a través de los huecos que habían dejado los coches. Por la derecha ni lo intenté. Por la izquierda se vislumbraba una salida... :) pero cuando lo intenté, la Vespa se quedó atrapada entre los paragolpes. Antes de seguir avanzando, con riesgo de arañar moto y coches, di marcha atrás, aunque me costó desencajarla.
Segundo intento de escapatoria: la acera. El único posible pero... la rueda delantera miraba hacia la calle y el hueco que quedaba parecía imposible para girar cientoochenta grados. Intenté levantar a pulso la rueda trasera para subirla al bordillo pero mi fuerza de mosquito resultó insuficiente para los ciento cuarenta kilos de la máquina. Miré a mi alrededor buscando ayuda pero todo el mundo había desaparecido. Convencido de que más vale maña que fuerza, paré de hacer el burro y pensé una solución pero mis ideas estaban más encerradas que el vehículo.
Dar la vuelta y subir el bordillo encarándolo parecía la única solución aunque para ello tuviera que arrastrar la rueda y así facilitar la maniobra. Una vez más, los ciento cuarenta kilos se enfrentaron a mi debilidad y en más de una ocasión a punto estuvieron de estamparse en el suelo.
Tras muchos esfuerzos logré situar Mi Vespa a cuarenta y cinco grados con respecto a la acera. Como girarla del todo ya parecía imposible, decidí probar a ver si ya subía. Me subí, aceleré y la rueda delantera dio el primer paso: ¡Bien! Parecía que por fin iba a salir del atolladero cuando oigo un clanck y observo que la moto se ha quedado atascada. Decido bajarla pero... no, no va. A ver si sube... pues no, tampoco. ¿Levantándola un poco de delante? Mmmpfffff... arggggff!!! qué no. Ni para atrás, ni para delante. Se ha quedado encajonada no sé con qué, porque intento agacharme para buscar por dónde se ha agarrado pero cuando me dispongo a ello me asusto al descubrir que se inclina peligrosamente hacia un lado. Vuelvo a buscar ayuda con la mirada pero nadie, no hay nadie en toda la calle: tendré que recurrir nuevamente a mi escasa fuerza para descolgarla. Por fin lo consigo pero estoy donde al principio: con la moto encajonada entre tres coches y un bordillo alto.
Y resulta que ese bordillo sigue siendo la única manera de salir, por lo que repito la operación tratando de encarar lo más posible la moto con la acera. Bastantes minutos después y unos cuantos intentos fallidos más tarde, noto cómo, por fin, la rueda trasera engancha con el escalón. Acelero al tiempo que levanto un poco las manos de Mi Vespa pero aquello, aparte de tronar de una manera muy fea, no sube a la acera. Agotadas todas las opciones sensatas, no me queda más remedio que insistir a lo bruto, así que sigo acelerando y empujando hasta que, esta vez sí, las dos ruedas de la moto están arriba.
Bajar de la acera por otro lado no me costó trabajo ninguno, aunque sí me supuso un esfuerzo no extrangular a mi pandilla que se encontraban a escasos cinco metros del lugar de mi aventura, ocultos por una furgoneta e ignorantes de mis avatares.
- "¿Pero no me habéis oído gruñir ni rugir a Mi Vespa?"
- Ah, ¿qué estabas ahí? Creíamos que ya te habías ido... como tenías tanta prisa para recoger a esa dama...
- grmpffff brrrrasgaposiu ioupeoi poiuspfoiuapññfjghgggm!!!!!!##&&&...
El caso es que, efectivamente, había quedado y el retraso ya parecía considerable, por lo que aceleré a tope, tan deprisa que casi me trago a aquel Volkswagen Golf en la glorieta, tan deprisa que en un camino de tierra por el que tuve que pasar, la rueda trasera derrapó como los toros en la curva de Mercaderes con Estafeta.
Llegué y, lógicamente, ella esperaba. ¿Qué tal? Me preguntó. "Bien, estoy aquí. No es poco".
El primer intento de escapatoria fue a través de los huecos que habían dejado los coches. Por la derecha ni lo intenté. Por la izquierda se vislumbraba una salida... :) pero cuando lo intenté, la Vespa se quedó atrapada entre los paragolpes. Antes de seguir avanzando, con riesgo de arañar moto y coches, di marcha atrás, aunque me costó desencajarla.
Segundo intento de escapatoria: la acera. El único posible pero... la rueda delantera miraba hacia la calle y el hueco que quedaba parecía imposible para girar cientoochenta grados. Intenté levantar a pulso la rueda trasera para subirla al bordillo pero mi fuerza de mosquito resultó insuficiente para los ciento cuarenta kilos de la máquina. Miré a mi alrededor buscando ayuda pero todo el mundo había desaparecido. Convencido de que más vale maña que fuerza, paré de hacer el burro y pensé una solución pero mis ideas estaban más encerradas que el vehículo.
Dar la vuelta y subir el bordillo encarándolo parecía la única solución aunque para ello tuviera que arrastrar la rueda y así facilitar la maniobra. Una vez más, los ciento cuarenta kilos se enfrentaron a mi debilidad y en más de una ocasión a punto estuvieron de estamparse en el suelo.
Tras muchos esfuerzos logré situar Mi Vespa a cuarenta y cinco grados con respecto a la acera. Como girarla del todo ya parecía imposible, decidí probar a ver si ya subía. Me subí, aceleré y la rueda delantera dio el primer paso: ¡Bien! Parecía que por fin iba a salir del atolladero cuando oigo un clanck y observo que la moto se ha quedado atascada. Decido bajarla pero... no, no va. A ver si sube... pues no, tampoco. ¿Levantándola un poco de delante? Mmmpfffff... arggggff!!! qué no. Ni para atrás, ni para delante. Se ha quedado encajonada no sé con qué, porque intento agacharme para buscar por dónde se ha agarrado pero cuando me dispongo a ello me asusto al descubrir que se inclina peligrosamente hacia un lado. Vuelvo a buscar ayuda con la mirada pero nadie, no hay nadie en toda la calle: tendré que recurrir nuevamente a mi escasa fuerza para descolgarla. Por fin lo consigo pero estoy donde al principio: con la moto encajonada entre tres coches y un bordillo alto.
Y resulta que ese bordillo sigue siendo la única manera de salir, por lo que repito la operación tratando de encarar lo más posible la moto con la acera. Bastantes minutos después y unos cuantos intentos fallidos más tarde, noto cómo, por fin, la rueda trasera engancha con el escalón. Acelero al tiempo que levanto un poco las manos de Mi Vespa pero aquello, aparte de tronar de una manera muy fea, no sube a la acera. Agotadas todas las opciones sensatas, no me queda más remedio que insistir a lo bruto, así que sigo acelerando y empujando hasta que, esta vez sí, las dos ruedas de la moto están arriba.
Bajar de la acera por otro lado no me costó trabajo ninguno, aunque sí me supuso un esfuerzo no extrangular a mi pandilla que se encontraban a escasos cinco metros del lugar de mi aventura, ocultos por una furgoneta e ignorantes de mis avatares.
- "¿Pero no me habéis oído gruñir ni rugir a Mi Vespa?"
- Ah, ¿qué estabas ahí? Creíamos que ya te habías ido... como tenías tanta prisa para recoger a esa dama...
- grmpffff brrrrasgaposiu ioupeoi poiuspfoiuapññfjghgggm!!!!!!##&&&...
El caso es que, efectivamente, había quedado y el retraso ya parecía considerable, por lo que aceleré a tope, tan deprisa que casi me trago a aquel Volkswagen Golf en la glorieta, tan deprisa que en un camino de tierra por el que tuve que pasar, la rueda trasera derrapó como los toros en la curva de Mercaderes con Estafeta.
Llegué y, lógicamente, ella esperaba. ¿Qué tal? Me preguntó. "Bien, estoy aquí. No es poco".
viernes, mayo 06, 2005
Mi cofre
Mi cofre me lo forzaron estando de romería
Mi cofre me lo forzaron de noche cuando dormía
¿quién arreglará mi cofre?
¿quién arreglará mi cofre?
Me dicen que reventaron la cerradura que relucía
creyendo que ocultaba oro de bonita que la tenía.
¿quién arreglará mi cofre?
¿quién arreglará mi cofre?
Como quiera que esté, el cofre es de Mi Vespa
porque en ella viajó incluso al río
Si lo llego a arreglar vendrá conmigo
en la Vespa de mi amor por el camino.
Le digo por el camino hablando con los maderos,
que lleva sobre su tapa mi nombre grabado a fuego.
En mi cofre gasté una fortuna
y en mis noches de amor llevé la luna.
Preguntando busqué al insensato
que mi cofre forzó por darse el gustazo.
Esta mañana, cuando he ido a montar en Mi Vespa he encontrado que habían reventado la cerradura de mi cofre y destrozado la tapa. No se han llevado absolutamente nada, ni el casco, ni los guantes... nada. Supongo que lo han hecho sólo por darse el gustazo, por pasar el rato. Después de recordar a todos los santos del autor decidí reírme y recrear la historia usando como base la famosa copla Mi Carro de Manolo Escobar.
Mi cofre me lo forzaron de noche cuando dormía
¿quién arreglará mi cofre?
¿quién arreglará mi cofre?
Me dicen que reventaron la cerradura que relucía
creyendo que ocultaba oro de bonita que la tenía.
¿quién arreglará mi cofre?
¿quién arreglará mi cofre?
Como quiera que esté, el cofre es de Mi Vespa
porque en ella viajó incluso al río
Si lo llego a arreglar vendrá conmigo
en la Vespa de mi amor por el camino.
Le digo por el camino hablando con los maderos,
que lleva sobre su tapa mi nombre grabado a fuego.
En mi cofre gasté una fortuna
y en mis noches de amor llevé la luna.
Preguntando busqué al insensato
que mi cofre forzó por darse el gustazo.
Esta mañana, cuando he ido a montar en Mi Vespa he encontrado que habían reventado la cerradura de mi cofre y destrozado la tapa. No se han llevado absolutamente nada, ni el casco, ni los guantes... nada. Supongo que lo han hecho sólo por darse el gustazo, por pasar el rato. Después de recordar a todos los santos del autor decidí reírme y recrear la historia usando como base la famosa copla Mi Carro de Manolo Escobar.
jueves, mayo 05, 2005
Las Gafas
Uno de los inconvenientes de Mi Vespa es el escaso hueco bajo el asiento. Por ese motivo pedí la moto con bauleto para poder guardar un casco integral, guantes y otros objetos voluminosos. El pequeño espacio que queda bajo el asiento lo uso para guardar un casco abierto que llevo siempre encima por si tengo un inesperado pasajero. Ayer mi hija me pidió que la recogiese y la llevase hasta casa pero también me advirtió que no estaba dispuesta a recorrer quince kilómetros de carretera con ese casco abierto. Como me pareció razonable su requisito decidimos improvisar una solución.
No podíamos comprar un casco integral porque no podría llevarlo siempre. Pedir uno prestado tampoco era posible. Así que optamos por comprar unas gafas. Sí, unas de esas que parecen de piloto de aviación de la primera guerra mundial, que se sujetan con un elástico al casco y que protegen los ojos con cuero y cristales enmarcados por metal.
Nos acercamos a la tienda de motos más cercana dispuestos a comprar tan peculiar accesorio. Muy amables, nos mostraron todos los modelos disponibles pero nos advirtieron que casi todos ellos cumplían una función estética más que práctica, que ninguno protegía correctamente. Quedamos desilusionados pero no desistimos. Mi hija se plantó el casco abierto y empezó a probar todas las gafas que tenían hasta escoger la más cómoda. Nos quedamos con ellas y marchamos a casa no sin antes hacer otro recado que nos obligó a recorrer en total cerca de treinta kilómetros por autopista además de atravesar previamente media ciudad.
En cuanto salimos de la autopista, la primera expresión de mi hija fue: "¡Cómo molan las gafas!". Me contó como había podido ir todo el camino con una perfecta visibilidad, respirando bien a pesar del viento y sin que apenas le entrase aire a los ojos. Eso sin contar las risas que nos hacíamos en cada semáforo mirando las pintas retro que llevaba. Imaginábamos que le poníamos un side a la Vespa y que llevábamos en él al perro, también con gafas o que ella sustituía el casco por un pañuelo anudado a la cabeza, que yo me ponía otro casco igual con otras gafas así y que recorríamos las carreteras más antiguas de los alrededores.
En estas llegamos a donde me pidió que la apease. Con las prisas no me molesté en guardar su casco (con las gafas colocadas) bajo el asiento y lo puse en el bauleto, que resultaba más cómodo. Marché a casa subiendo por la avenida, feliz por la tarde tan divertida que habíamos pasado cuando, en uno de los cien mil pasos de peatones elevados que dificultan el tráfico en la ciudad donde vivo, Mi Vespa botó, se abrió el baul y el casco con las gafas puestas salió disparado dando botes por el asfalto como si fuera un balón que terminó en la acera, junto al alcorque de un árbol recién plantado.
Temí lo peor. Pensé que había terminado aquí la corta vida de las gafas y la -no tan corta- del casco. Recogí el balón de policarbonato lo revisé bien y, para mi sorpresa, sólo un pequeño arañazo en las gafas decoraba el equipamiento, como una pátina de personalidad que borra el aséptico aspecto de nuevo de un objeto tan legendario.
No podíamos comprar un casco integral porque no podría llevarlo siempre. Pedir uno prestado tampoco era posible. Así que optamos por comprar unas gafas. Sí, unas de esas que parecen de piloto de aviación de la primera guerra mundial, que se sujetan con un elástico al casco y que protegen los ojos con cuero y cristales enmarcados por metal.
Nos acercamos a la tienda de motos más cercana dispuestos a comprar tan peculiar accesorio. Muy amables, nos mostraron todos los modelos disponibles pero nos advirtieron que casi todos ellos cumplían una función estética más que práctica, que ninguno protegía correctamente. Quedamos desilusionados pero no desistimos. Mi hija se plantó el casco abierto y empezó a probar todas las gafas que tenían hasta escoger la más cómoda. Nos quedamos con ellas y marchamos a casa no sin antes hacer otro recado que nos obligó a recorrer en total cerca de treinta kilómetros por autopista además de atravesar previamente media ciudad.
En cuanto salimos de la autopista, la primera expresión de mi hija fue: "¡Cómo molan las gafas!". Me contó como había podido ir todo el camino con una perfecta visibilidad, respirando bien a pesar del viento y sin que apenas le entrase aire a los ojos. Eso sin contar las risas que nos hacíamos en cada semáforo mirando las pintas retro que llevaba. Imaginábamos que le poníamos un side a la Vespa y que llevábamos en él al perro, también con gafas o que ella sustituía el casco por un pañuelo anudado a la cabeza, que yo me ponía otro casco igual con otras gafas así y que recorríamos las carreteras más antiguas de los alrededores.
En estas llegamos a donde me pidió que la apease. Con las prisas no me molesté en guardar su casco (con las gafas colocadas) bajo el asiento y lo puse en el bauleto, que resultaba más cómodo. Marché a casa subiendo por la avenida, feliz por la tarde tan divertida que habíamos pasado cuando, en uno de los cien mil pasos de peatones elevados que dificultan el tráfico en la ciudad donde vivo, Mi Vespa botó, se abrió el baul y el casco con las gafas puestas salió disparado dando botes por el asfalto como si fuera un balón que terminó en la acera, junto al alcorque de un árbol recién plantado.
Temí lo peor. Pensé que había terminado aquí la corta vida de las gafas y la -no tan corta- del casco. Recogí el balón de policarbonato lo revisé bien y, para mi sorpresa, sólo un pequeño arañazo en las gafas decoraba el equipamiento, como una pátina de personalidad que borra el aséptico aspecto de nuevo de un objeto tan legendario.
jueves, abril 28, 2005
Zapatos nuevos
Mi Vespa acaba de cumplir 26.000 km. Para celebrar su cumpleasfalto le he comprado un zapato nuevo. Lo necesitaba desde hace tiempo pero hasta que no he visto asomar el juanete por la punta no he hecho caso. Terminó de convencerme, no sólo la edad, sino el tener que pasar por un compresor de aire cada cuatro horas. Muy incómodo, sí, sobre todo cuando no se dispone de uno cercano.
Mi Vespa agradeció el regalo. Ayer, rodaba por la ciudad como una bala. Se deslizaba entre los coches como la brisa y se inclinaba en las curvas de la autopista como un velero en regata. Entre su agilidad estrenada y el buen clima que nos sorprendió ayer a todos en la capital, daban ganas de no aparcar nunca, de pasarse toda la tarde paseando en Vespa por las callejas menos transitadas de la ciudad o por las carreteras perdidas de la provincia.
Pero las obligaciones mandan y tuve que regresar. Aparqué Mi Vespa, como siempre, a la puerta de casa y mientras me alejaba miré su zapato nuevo. Me pareció que ella giraba el pie orgullosa a derecha e izquierda para disfrutar con la visión del calzado recién estrenado.
Mi Vespa agradeció el regalo. Ayer, rodaba por la ciudad como una bala. Se deslizaba entre los coches como la brisa y se inclinaba en las curvas de la autopista como un velero en regata. Entre su agilidad estrenada y el buen clima que nos sorprendió ayer a todos en la capital, daban ganas de no aparcar nunca, de pasarse toda la tarde paseando en Vespa por las callejas menos transitadas de la ciudad o por las carreteras perdidas de la provincia.
Pero las obligaciones mandan y tuve que regresar. Aparqué Mi Vespa, como siempre, a la puerta de casa y mientras me alejaba miré su zapato nuevo. Me pareció que ella giraba el pie orgullosa a derecha e izquierda para disfrutar con la visión del calzado recién estrenado.
martes, abril 26, 2005
Vivir sin aire
Como quisiera poder vivir sin aire
Como quisiera poder vivir sin agua
Me encantaría quererte un poco menos
Como quisiera poder vivir sin ti.
Eso mismo he pensado esta mañana nada más poner en marcha Mi Vespa. Me hubiera encantado que las ruedas de la máquina hubieran podido Vivir sin aire aunque me hubiese quedado sin tema para el relato de hoy.
El caso es que anoche, cuando llegué a casa ya noté algo raro pero el corto recorrido no me permitió descubrir la causa. Esta mañana, sin embargo, al retroceder para sacar la moto del aparcamiento noté cómo le costaba desplazarse. Subo, acelero y aquello empieza a moverse para todos los lados menos para el que yo quería. Sigo recto y al girar en el primer cruce Mi Vespa parece una manguera que han dejado abierta en el suelo y culebrea por el jardín salpicando por todas partes.
Aunque ya empecé a sospechar la causa del problema, aún no lo había verificado por lo que seguí adelante, reduciendo la velocidad, eso sí. Como la moto decidiera independizarse al llegar a la rotonda se evidenció que tenía que parar aunque me retrasara. Entonces comprobé lo que sospechaba, que la rueda trasera había perdido mucho aire.
La gasolinera más cercana quedaba a unos dos kilómetros y decidí que sería mejor tratar de llegara hasta ella que volver e inflar la rueda con la bomba de la bicicleta, así que, a pasito de ciclomotor bajé por la avenida compitiendo en equilibrismos con los trapecistas del Cirque du Soleil y aguantando las maldiciones de los automovilistas que, detrás de mí, tenían que esperar en las rotondas a que trazase por donde Mi Vespa deciera oportuno.
Creí solucionado el problema cuando divisé el distintivo naranja pero pronto me di cuenta que no sería tan sencillo. Los accesos a la ciudad en que vivo están en obras y el sentido de las calles varía con frecuencia. Con la rueda desinflada no podía permitirme girar por las múltiples rotondas que pueblan la zona hasta dar con la entrada adecuada por lo que terminé por subir a la acera y llegar así hasta el compresor de aire. O donde yo recordaba que estaba, porque en su lugar encontré una máquina de hielo. Por ello tuve que recorrer toda la esplanada hasta dar con la maquinita, que apareció, por fin, camuflada entre aspiradores.
Ya está, asunto resuelto me dije. ¡Inocente resolución! No habían terminado aún los impedimentos. Junto al rótulo "ladrones" realizado con una llave por un usuario tan cabreado como yo, se leía "50 ctms". Eso sí, debajo especificaba que la duración de la moneda era de siete minutos. O sea, que por el módico precio de cincuenta céntimos, si te pones de acuerdo con otros seis usuarios se pueden inflar las ruedas de siete motos. ¡Y encima les llaman ladrones, con lo generosos que son...!
Pero a las ocho de la mañana en aquella gasolinera no había otras doce ruedas ni en mi bolsillo monedas. Podría haber solicitado cambio pero me pareción tan vergonzoso que cobraran por el aire comprimido que preferí "fastidiarme" y seguir hasta la siguiente estación de servicio.
Salir del laberinto de los accesos a Rivas, mi ciudad, no es tarea fácil y menos con una rueda bajo mínimos. Entrar y salir de ahí podría considerarse prueba puntuable para el Mundial de Enduro, pues incluye, tramos de cross, slalom, contraperaltes, balizas, zanjas, socavones, desvíos provisionales y, a veces, hasta jueces de meta.
Enfadando mucho al del BMW que, sin poder adelantarme, aguantaba mi torpe paso de tortuga, logré escapar de todas las trampas y encarar la autopista. Y fin del relato, pensaréis. Pues no, pues unos metros más adelante, un vehículo averiado provocaba un larguísimo atasco, con guardias civiles incluidos. Como no tenía agilidad para circular entre los coches aguanté paciente mi turno en la cola hasta que se deshizo. De ahí a la próxima gasolinera sólo un par de kilómetros más de tortura. Llegué, inflé y vencí.
La conclusión es evidente, las ruedas no pueden Vivir sin aire y, a poco que uno se descuide, los motoristas tampoco.
jueves, abril 21, 2005
No sin Mi Vespa
No podría concebir mi vida actual sin Mi Vespa. Desde que la pongo en marcha a las ocho de la mañana hasta que la aparco, la mayoría de las veces bastante pasada la medianoche, me acompaña en mi ajetreo diario durante decenas de kilómetros y, de no ser por su agilidad, me resultaría imposible cumplir la mitad de los compromisos.
Ayer, por ejemplo, Mi Vespa me permitió fichar en el trabajo con putualidad inglesa a pesar de las sucesivas retenciones con que tropecé en el camino; como aparco justo a la puerta de la oficina, puedo ganar cinco minutos que, como comprenderá más adelante el lector, resultan fundamentales. Cuando llegó la hora de la comida, monté en Mi Vespa y en apenas cinco minutos llegué al centro de la ciudad donde me dio tiempo a comprar algunos libros que tenía pendientes, tomar un tentempié rápido y regresar al trabajo sin retraso.
A las cinco sonaron las horarias en la radio, me enfundé la cazadora, encerré la bandolera en el cofre y me encaminé al despacho de una amiga que tenía que prestarme un metrónomo. Más de uno pensará que a él qué le importa lo que tuviera que darme nadie pero es importante para el relato y no porque el aparatito tuviese que medir el ritmo del acelerador sino por lo que sucedió con él un par de horas más tarde.
El caso es que salí de la dependencia de mi amiga, corriendo, como de costumbre y deposité cuidadosamente el metrónomo en el cofre, junto con la bandolera, el candado para bloquear la moto, unas llaves y algunas cosillas más.
A las siete me esperaban un par de músicos en el local de ensayo pero había salido tan tenso del trabajo que necesitaba hacer ejercicio y decidí aprovechar los minutos libres que me quedaban para nadar un poco. Claro, antes tenía que recoger el bañador, así que pasé por casa, saqué del cofre la bandolera y ocupó su lugar la bolsa de deportes. Rrrrraudooo bajé la avenida para que me diese tiempo a cruzar la piscina unas cuantas veces. Una avenida con más pasos de peatones elevados que cardenales en el cónclave que yo salvaba poniéndome de pie en la moto y dejándola que saltase un poco.
Cuando me quitaba el casco recibí una llamada pidiéndome que pasara a recoger unos carteles, así que, al salir de la piscina marché a por ellos. Una docena de carteles tamaño A2 que tenía que colocar en Mi Vespa... Intenté atarlos al manillar pero se arrugaban, no cabían en el cofre, entre las piernas se caían... un amigo que pasaba por allí me sugirió guardarlos bajo el asiento pero cuando lo abrimos para intentarlo saltaron el casco para el eventual acompañante, los guantes de repuesto, el pantalón para la lluvia y un matasuegras superviviente de la juerga de carnaval. Ya expliqué una vez como las anécdotas sobre equipaje y pasajeros son las que más juego dan para estas notas. Creo que podría dedicarles un monográfico.
Como un campeón de Tetris logré acomodar todos los bultos sin que los papeles sufrieran demasiado y aceleré con ganas rumbo al local pues ya pasaban algunos minutos de la hora acordada. Aparqué Mi Vespa a la puerta y abrí el cofre para sacar las llaves y el metrónomo. Lo primero que apareció fue un irreconocible trozo de plástico negro. Seguí buscando y hallé un pedazo más del mismo material pero ni rastro del metrónomo. Retiré la bolsa de deporte y por fin apareció lo que buscaba pero más desmigajado que la galleta que se le da a un bebé para que se entretenga. Intenté acopiar los fragmentos pero rebosaban por mi mano como el mercurio por lo que concluí que había llegado el momento de que mi amiga renovase su obsoleto metrónomo. El caso es que, aún con la pila colgando, los conectores sueltos y las tripas como víctima de un hara kiri, siguió latiendo durante las dos horas siguientes como el corazón de un gorrión asustado.
Y no es que dejase de vivir pasado ese tiempo sino que el pálpito de la alarma del teléfono recordó que en otro local me esperaban para otro ensayo al que tenía que llevar el cajón flamenco. ¿Imagináis a un repartidor de pizzas llevando como mochila la caja donde se guarda la comida? Pues ese aspecto debo tener yo con el cajón a la chepa. De esa guisa, corrrrriendo al otro local. Mi Vespa sobrevolando los badenes, driblando baches, tumbando en curvas y apurando frenadas para llegar lo menos tarde posible al destino. Los diez minutos que pasan de las nueve son los que debería llevar con los compañeros aporreando la caja de madera y con ellos seguí hasta que, pasadas las diez y media, me llamó una amiga para compartir cervezas y risas. Regresé el cajón a la jiba y volé a su encuentro. El lugar donde debía pasar a buscarla quedaba lejos de todas partes y, por mucho que lo intentásemos, sería imposible movernos en Mi Vespa con toda la impedimenta, así que decidí aparcarla allí y pasear. Parece fácil resolución pero, ¿cómo caminar con el menor número de bultos posible? Un breve repaso de la ocupación de los huecos de Mi Vespa: bajo el asiento, casco, guantes, pantalón, carteles...; en el cofre, bolsa de deportes, candado, migas de metrónomo...; en mi espalda, chaqueta de montar en moto, cajón flamenco y muchas horas despierto. Y, se me olvidaba, aún tenía que dejar el casco y los guantes que llevaba puestos. Nueva partida de Tetris reubicando objetos en los espacios disponibles hasta lograr que todas las puertas cerrasen y no tuviéramos que pasear como buhoneros.
Como soy un caballero y suelo hacer honor a mi apellido (Galán), cuando dimos por finalizada la sesión de cervezas, risas y secretos, no me separé de ella hasta que se la tragó portal de su casa, distante cerca de dos kilómetros del lugar en que había dejado aparcada Mi Vespa. Dos kilómetros que ahora me tocaba recorrer a pie, con la caja a la espalda y sin su agradable compañía, toda una travesía por el desierto de almas en que se había convertido la avenida a esas horas de la madrugada.
Vi el cielo abrirse cuando divisé de nuevo Mi Vespa. Cabalgué en su lomo y llegué en pocos minutos, por fin, a casa. Mientras la aparcaba repasé mentalmente la jornada concluyendo que, de no ser por ella, hubiera tenido que renunciar a la mitad de encuentros de la agenda. Decididamente ese día no hubiera sido posible, no sin Mi Vespa.
Ayer, por ejemplo, Mi Vespa me permitió fichar en el trabajo con putualidad inglesa a pesar de las sucesivas retenciones con que tropecé en el camino; como aparco justo a la puerta de la oficina, puedo ganar cinco minutos que, como comprenderá más adelante el lector, resultan fundamentales. Cuando llegó la hora de la comida, monté en Mi Vespa y en apenas cinco minutos llegué al centro de la ciudad donde me dio tiempo a comprar algunos libros que tenía pendientes, tomar un tentempié rápido y regresar al trabajo sin retraso.
A las cinco sonaron las horarias en la radio, me enfundé la cazadora, encerré la bandolera en el cofre y me encaminé al despacho de una amiga que tenía que prestarme un metrónomo. Más de uno pensará que a él qué le importa lo que tuviera que darme nadie pero es importante para el relato y no porque el aparatito tuviese que medir el ritmo del acelerador sino por lo que sucedió con él un par de horas más tarde.
El caso es que salí de la dependencia de mi amiga, corriendo, como de costumbre y deposité cuidadosamente el metrónomo en el cofre, junto con la bandolera, el candado para bloquear la moto, unas llaves y algunas cosillas más.
A las siete me esperaban un par de músicos en el local de ensayo pero había salido tan tenso del trabajo que necesitaba hacer ejercicio y decidí aprovechar los minutos libres que me quedaban para nadar un poco. Claro, antes tenía que recoger el bañador, así que pasé por casa, saqué del cofre la bandolera y ocupó su lugar la bolsa de deportes. Rrrrraudooo bajé la avenida para que me diese tiempo a cruzar la piscina unas cuantas veces. Una avenida con más pasos de peatones elevados que cardenales en el cónclave que yo salvaba poniéndome de pie en la moto y dejándola que saltase un poco.
Cuando me quitaba el casco recibí una llamada pidiéndome que pasara a recoger unos carteles, así que, al salir de la piscina marché a por ellos. Una docena de carteles tamaño A2 que tenía que colocar en Mi Vespa... Intenté atarlos al manillar pero se arrugaban, no cabían en el cofre, entre las piernas se caían... un amigo que pasaba por allí me sugirió guardarlos bajo el asiento pero cuando lo abrimos para intentarlo saltaron el casco para el eventual acompañante, los guantes de repuesto, el pantalón para la lluvia y un matasuegras superviviente de la juerga de carnaval. Ya expliqué una vez como las anécdotas sobre equipaje y pasajeros son las que más juego dan para estas notas. Creo que podría dedicarles un monográfico.
Como un campeón de Tetris logré acomodar todos los bultos sin que los papeles sufrieran demasiado y aceleré con ganas rumbo al local pues ya pasaban algunos minutos de la hora acordada. Aparqué Mi Vespa a la puerta y abrí el cofre para sacar las llaves y el metrónomo. Lo primero que apareció fue un irreconocible trozo de plástico negro. Seguí buscando y hallé un pedazo más del mismo material pero ni rastro del metrónomo. Retiré la bolsa de deporte y por fin apareció lo que buscaba pero más desmigajado que la galleta que se le da a un bebé para que se entretenga. Intenté acopiar los fragmentos pero rebosaban por mi mano como el mercurio por lo que concluí que había llegado el momento de que mi amiga renovase su obsoleto metrónomo. El caso es que, aún con la pila colgando, los conectores sueltos y las tripas como víctima de un hara kiri, siguió latiendo durante las dos horas siguientes como el corazón de un gorrión asustado.
Y no es que dejase de vivir pasado ese tiempo sino que el pálpito de la alarma del teléfono recordó que en otro local me esperaban para otro ensayo al que tenía que llevar el cajón flamenco. ¿Imagináis a un repartidor de pizzas llevando como mochila la caja donde se guarda la comida? Pues ese aspecto debo tener yo con el cajón a la chepa. De esa guisa, corrrrriendo al otro local. Mi Vespa sobrevolando los badenes, driblando baches, tumbando en curvas y apurando frenadas para llegar lo menos tarde posible al destino. Los diez minutos que pasan de las nueve son los que debería llevar con los compañeros aporreando la caja de madera y con ellos seguí hasta que, pasadas las diez y media, me llamó una amiga para compartir cervezas y risas. Regresé el cajón a la jiba y volé a su encuentro. El lugar donde debía pasar a buscarla quedaba lejos de todas partes y, por mucho que lo intentásemos, sería imposible movernos en Mi Vespa con toda la impedimenta, así que decidí aparcarla allí y pasear. Parece fácil resolución pero, ¿cómo caminar con el menor número de bultos posible? Un breve repaso de la ocupación de los huecos de Mi Vespa: bajo el asiento, casco, guantes, pantalón, carteles...; en el cofre, bolsa de deportes, candado, migas de metrónomo...; en mi espalda, chaqueta de montar en moto, cajón flamenco y muchas horas despierto. Y, se me olvidaba, aún tenía que dejar el casco y los guantes que llevaba puestos. Nueva partida de Tetris reubicando objetos en los espacios disponibles hasta lograr que todas las puertas cerrasen y no tuviéramos que pasear como buhoneros.
Como soy un caballero y suelo hacer honor a mi apellido (Galán), cuando dimos por finalizada la sesión de cervezas, risas y secretos, no me separé de ella hasta que se la tragó portal de su casa, distante cerca de dos kilómetros del lugar en que había dejado aparcada Mi Vespa. Dos kilómetros que ahora me tocaba recorrer a pie, con la caja a la espalda y sin su agradable compañía, toda una travesía por el desierto de almas en que se había convertido la avenida a esas horas de la madrugada.
Vi el cielo abrirse cuando divisé de nuevo Mi Vespa. Cabalgué en su lomo y llegué en pocos minutos, por fin, a casa. Mientras la aparcaba repasé mentalmente la jornada concluyendo que, de no ser por ella, hubiera tenido que renunciar a la mitad de encuentros de la agenda. Decididamente ese día no hubiera sido posible, no sin Mi Vespa.
martes, abril 19, 2005
Cicerone
A esa hora en que empieza a anochecer, una cortina violácea cubre la ciudad. El sol, en su viaje hacia el oeste visita el Palacio Real y deja en el horizonte destellos anaranjados que tiñen los tejados e iluminan los ánimos. Por el lado opuesto, a la altura de Cibeles, un azul oscuro pero aún brillante remarca más las primeras farolas encendidas y los focos que dan vida al Palacio de Correos. Por allí circulaba yo sobre Mi Vespa, disfrutando de ese ambiente sin prisa. Subía por Gran Vía descubriendo escaparates y observando a la gente que se detenía a mirarlos cuando me sorprendió un rostro. Parada frente a la puerta de Chicote una chica esperaba un taxi. De su cara, enmarcada por una seda nacarada, sobresalía una mirada azabache que alumbraba tanto como los neones del bar. El parecido con Audrey Hepburn me pareció asombroso, más aún que llevase un pañuelo anudado a la cabeza.
Entonces, sin saber qué me impulsó, no pude evitar detenerme. Saludé a la chica de ojos chispeantes y la invité a subir. Lo más extraño es que ella aceptó con la misma seguridad que se lo había propuesto. Fue en ese momento cuando empecé a sospechar.
Le pregunté hacia dónde iba y me contestó que le daba igual, que estaba de vacaciones en Madrid y que cualquier lugar le venía bien. Perfecto, contesté, tampoco yo tengo más tarea que enseñarte la ciudad. Me sonrió y se sentó en la parte trasera de Mi Vespa pero, sorprendentemente, no a horcajadas, sino que situó ambas piernas al mismo lado de la moto mientras que rodeaba
mi cintura con sus brazos. Esa fue mi segunda sospecha.
Seguí despacio por la Gran Vía mientras, como un experto Cicerone, le comentaba los pormenores de los edificios más representativos de tan emblemática avenida madrileña. Ella, que escuchaba con atención, situó su barbilla sobre mi hombro para que el ruido de la brisa y el tráfico no entorpeciesen mis palabras. En ese momento me di cuenta que ni le había ofrecido ponerse el casco ni ella lo había pedido pero más extraño me pareció que tampoco yo lo llevaba y, sin embargo, no nos importaba. Tercera sospecha.
Desde la Plaza de España nos dirijimos hacia la Plaza de Oriente, el Viaducto y la Plaza de las Vistillas desde donde se ve, le dije, una de las puestas de sol más bellas del mundo. Y además es verdad. Retrocedimos unos metros y aparqué frente a la Catedral, no con la intención de visitar el templo, sino para que conociera el inimitable moscatel del Anciano Rey de los Vinos. Absortos en las miradas y en las palabras la noche sobrevino sin que fuésemos conscientes del paso del tiempo ni de la paciencia (aperitivo insustituible del vino dulce del Anciano) que esperaba sin prisa, haciendo honor a su nombre, en el plato sobre la barra de acero de la añeja taberna.
Podríamos haber subido paseando por la Calle Mayor pero los dos preferíamos la Vespa, así que volvimos a la montura y aparcamos en Puerta Cerrada. Desde allí, nuestro particular Via Crucis con paradas en las mejores tabernas de Madrid o en las peores, según se mire...
Se sucedían horas, palabras, paseos, vinos, miradas y latidos intensos; la noche parecía no tener fin. Atrás habían quedado ya mis sospechas pasadas cuando la invité a subir de nuevo a la grupa de Mi Vespa y, como había sucedido hasta ahora, se subió sonriendo y sujetándose a mi cintura.
Bajamos desde Cascorro por la Ribera de Curtidores para llegar hasta Atocha y, a través del Paseo de Recoletos, llegar a su lujoso hotel. Noté que la presión sobre mi cintura disminuía y volví la vista atrás para alimentarme una vez más con su mirada pero sólo brillaban las bombillas del Ritz y, en vez de su risa, escuché el rumor del agua de Neptuno golpeando contra la piedra caliza.
Ni siquiera percibí el instante en que todo se transformó. El agua de la fuente inundó el paisaje y el tungsteno de las luces se volvió algodón. Mis gatas ronroneaban sobre el edredón y las luces del amanecer, a través de la ventana, pintaban de naranja mi dormitorio.
Mis sospechas eran ciertas.
Entonces, sin saber qué me impulsó, no pude evitar detenerme. Saludé a la chica de ojos chispeantes y la invité a subir. Lo más extraño es que ella aceptó con la misma seguridad que se lo había propuesto. Fue en ese momento cuando empecé a sospechar.
Le pregunté hacia dónde iba y me contestó que le daba igual, que estaba de vacaciones en Madrid y que cualquier lugar le venía bien. Perfecto, contesté, tampoco yo tengo más tarea que enseñarte la ciudad. Me sonrió y se sentó en la parte trasera de Mi Vespa pero, sorprendentemente, no a horcajadas, sino que situó ambas piernas al mismo lado de la moto mientras que rodeaba
Seguí despacio por la Gran Vía mientras, como un experto Cicerone, le comentaba los pormenores de los edificios más representativos de tan emblemática avenida madrileña. Ella, que escuchaba con atención, situó su barbilla sobre mi hombro para que el ruido de la brisa y el tráfico no entorpeciesen mis palabras. En ese momento me di cuenta que ni le había ofrecido ponerse el casco ni ella lo había pedido pero más extraño me pareció que tampoco yo lo llevaba y, sin embargo, no nos importaba. Tercera sospecha.
Desde la Plaza de España nos dirijimos hacia la Plaza de Oriente, el Viaducto y la Plaza de las Vistillas desde donde se ve, le dije, una de las puestas de sol más bellas del mundo. Y además es verdad. Retrocedimos unos metros y aparqué frente a la Catedral, no con la intención de visitar el templo, sino para que conociera el inimitable moscatel del Anciano Rey de los Vinos. Absortos en las miradas y en las palabras la noche sobrevino sin que fuésemos conscientes del paso del tiempo ni de la paciencia (aperitivo insustituible del vino dulce del Anciano) que esperaba sin prisa, haciendo honor a su nombre, en el plato sobre la barra de acero de la añeja taberna.
Podríamos haber subido paseando por la Calle Mayor pero los dos preferíamos la Vespa, así que volvimos a la montura y aparcamos en Puerta Cerrada. Desde allí, nuestro particular Via Crucis con paradas en las mejores tabernas de Madrid o en las peores, según se mire...
Se sucedían horas, palabras, paseos, vinos, miradas y latidos intensos; la noche parecía no tener fin. Atrás habían quedado ya mis sospechas pasadas cuando la invité a subir de nuevo a la grupa de Mi Vespa y, como había sucedido hasta ahora, se subió sonriendo y sujetándose a mi cintura.
Bajamos desde Cascorro por la Ribera de Curtidores para llegar hasta Atocha y, a través del Paseo de Recoletos, llegar a su lujoso hotel. Noté que la presión sobre mi cintura disminuía y volví la vista atrás para alimentarme una vez más con su mirada pero sólo brillaban las bombillas del Ritz y, en vez de su risa, escuché el rumor del agua de Neptuno golpeando contra la piedra caliza.
Ni siquiera percibí el instante en que todo se transformó. El agua de la fuente inundó el paisaje y el tungsteno de las luces se volvió algodón. Mis gatas ronroneaban sobre el edredón y las luces del amanecer, a través de la ventana, pintaban de naranja mi dormitorio.
Mis sospechas eran ciertas.
lunes, abril 18, 2005
Reencuentro
Desde que tengo Mi Vespa no le había vuelto a ver. Hacía frío, mucho frío. Unos metros delante de mí, sorteaba los coches parados ayudándose de los pies. Le reconocí por el pantalón del chandal y por su veterana SR. Intenté acercarme a su lado para saludarle; cosas del tráfico: cuanto más me acercaba yo, más se alejaba él, así que le lancé ráfagas y toqué el claxon para llamar su atención pero sólo conseguí que los enlatados me mirasen con cara de pocos amigos. Se debían pensar que les estaba pidiendo paso o algo así. Cuando por fin me puse a rueda de mi amigo seguí sonando la bocina y destelleando pero él se volvió gesticulando "¿Qué querrá éste?". Le llamé por su nombre y ni por esas me reconoció. Normal, una voz saliendo como de ultratumba de un casco anónimo de colorines sobre una Vespa gris desconocida no es algo fácilmente identificable así que, a pesar del intenso frío, me levanté la visera. Tampoco dejé a la vista mucho de mí pero debo tener una mirada inconfundible porque enseguida se dio cuenta de quién le increpaba desde hacía rato.
Así, entre decenas de coches paralizados avanzábamos echando carreras con las tortugas y contándonos nuestro pasado reciente. El tema de conversación, como no, se centró en poco tiempo en las dos ruedas. Mi Vespa le gustaba, dijo, pero no perdió momento de alabar las ventajas de su vieja Yamaha. Él también pensaba comprarse un scooter en breve pero nada de algo pequeño, no, algo grande, un X9 como poco". Yo asentía a todas sus afirmaciones y sonreía, quizá por causa del frío.
Así, casi sin hablar de otro tema, llegamos al fin del colapso circulatorio y principio de la autopista. Él fue el primero en despedirse porque tenía ganas de girar el puño para demostrar la valía de su madura dos y medio. En sus últimas palabras antes de bajar las viseras de los cascos daba por supuesto que mi scooter quedaría atrás de su moto. No me inmuté. Me despedí, bajé mi visera y aceleré no más que otros días al llegar al mismo punto.
Por el espejo retrovisor le veía empequeñecer mientras confundido con el silbido del viento me llegaba su refunfuño.
Así, entre decenas de coches paralizados avanzábamos echando carreras con las tortugas y contándonos nuestro pasado reciente. El tema de conversación, como no, se centró en poco tiempo en las dos ruedas. Mi Vespa le gustaba, dijo, pero no perdió momento de alabar las ventajas de su vieja Yamaha. Él también pensaba comprarse un scooter en breve pero nada de algo pequeño, no, algo grande, un X9 como poco". Yo asentía a todas sus afirmaciones y sonreía, quizá por causa del frío.
Así, casi sin hablar de otro tema, llegamos al fin del colapso circulatorio y principio de la autopista. Él fue el primero en despedirse porque tenía ganas de girar el puño para demostrar la valía de su madura dos y medio. En sus últimas palabras antes de bajar las viseras de los cascos daba por supuesto que mi scooter quedaría atrás de su moto. No me inmuté. Me despedí, bajé mi visera y aceleré no más que otros días al llegar al mismo punto.
Por el espejo retrovisor le veía empequeñecer mientras confundido con el silbido del viento me llegaba su refunfuño.
viernes, abril 15, 2005
Día Mundial de la Vespa
Como bien saben mis (tres) lectores habituales (Hola Bego, hola Olivia, hola José), vivo en una pequeña ciudad del extrarradio de Madrid. Aunque todos los días entro en la gran urbe para trabajar, pocas veces me adentro en el caos. Sin embargo hay tardes que me siento como un pueblerino que acude a "la Capital" para comprar todo lo que no se encuentra en mi lugar de residencia, que no es poco. Esos días, como un auténtico pueblerino, recorro las calles del centro descubriendo con ojos inocentes cuanto veo y voy acumulando objetos que luego nunca sé como colocar en Mi Vespa.
Ayer tocaba, así que me adentré en el terrible tráfico para dirigirme al centro a llenar el cofre de trastos. Nada más llegar al destino vi la primera Vespa de la tarde. La primera de las muchas que vería en las próximas horas. La primera, que es la última en llegar a la familia. Durante un buen rato quedé embobado disfrutando de la belleza de sus formas, la originalidad de su color y, al tiempo, del respeto por el estilo clásico. Me vi a mí mismo desde fuera y dejé la contemplación. Curiosamente, en el lugar al que me dirigía encontré al propietario de la joya que, más curiosamente aún, resultó que le conocía.
Dejé Mi Vespa aparcada y decidí caminar para empaparme un poco más de ciudad y entonces las vespas comenzaron a surgir como las amapolas en los campos durante la primavera. Parecía como las persecuciones de las pesadillas solo que en agradable porque, por si aún alguien no se ha dado cuenta, me gustan las vespas.
Entré a una tienda de ropa sin demasiada intención de comprar, sólo por echar un vistazo y allí, en el estante de las camisetas, encuentro otra Vespa estampada sobre una tela azul, otra sobre una roja y otra más sobre verde. Increíble. ¿Por qué increíble? Porque esa misma mañana, hablando en el trabajo con un compañero vespista, me enseñado una de sus camisetas vesperas y quedé con ganas de tener una. Así que, como mi presupuesto impedía comprarme el juego completo escogí la verde y salí de nuevo a la calle.
Aparcada un poco más adelante sobre la acera encontré un modelo de los primeros setenta muy poco frecuente. Lamenté el mal estado de conservación en que se encontraba y seguí caminando. Mientras esperaba para cruzar la calle pasó por ella un impecable modelo perfectamente restaurada y repintada de un verde chillón que alumbraba toda la calle, la misma calle en la que encontré una tienda de objetos pop del pasado y que me llamó para entrar.
¡Qué paraíso! Hubiese salido cargado de recuerdos de no ser porque cinco mudanzas en dos años son suficientes para darse cuenta que no conviene acumular adornos innecesarios. Desde libretas hasta relojes pasando por pastilleros, pitilleras, pegatinas, chapas, miniaturas, pósters... todo lo que a uno se le pueda ocurrir fabricar usando la Vespa como motivo.
Contuve las ganas ante cada uno de los artilugios hasta que tropecé con un reloj de pared irresistible. Ya iba a preguntar el precio cuando me di cuenta que no uso reloj y no me gusta que dos agujas inquietas me recuerden el paso del tiempo.
Así que salí con las manos vacías y los ojos llenos de más variedades de vespas aparcadas por todas partes: bonitas, feas, nuevas, viejas, cuidadas, olvidadas, exclusivas, repetidas... Decididamente, ayer parecía ser el Día Mundial de la Vespa y todos los vespistas de Madrid decidimos salir a la calle para celebrarlo.
Aunque yo seguía a pie, quizá por eso tropecé con más scooter que nunca y con una nueva tienda retro a la que también decidí entrar. En este caso la vinculación con las vespas venía de su vertiente mod: chapas, bolsos y... ¡camisetas! allí estaba la camiseta que esa misma mañana había visto a mi compañero. Uyssss... ¡qué tentación! Busqué mi talla, la estiré, la tuve entre las manos, la observé bien, miré la etiqueta con el precio y la doblé cuidadosamente para dejarla en el mismo lugar que antes. Total... tampoco era tan bonita.
Una llamada de teléfono me recordó la hora y la cita que tenía pocos minutos después así que regresé a toda prisa al lugar donde había dejado aparcada Mi Vespa, coloqué como pude todos los bultos que había comprado y arranqué rumbo a mi destino.
Sorteando el tráfico inmóvil hubo muchas cosas más que me llamaron la atención pero eso será motivo de otra nota.
Ayer tocaba, así que me adentré en el terrible tráfico para dirigirme al centro a llenar el cofre de trastos. Nada más llegar al destino vi la primera Vespa de la tarde. La primera de las muchas que vería en las próximas horas. La primera, que es la última en llegar a la familia. Durante un buen rato quedé embobado disfrutando de la belleza de sus formas, la originalidad de su color y, al tiempo, del respeto por el estilo clásico. Me vi a mí mismo desde fuera y dejé la contemplación. Curiosamente, en el lugar al que me dirigía encontré al propietario de la joya que, más curiosamente aún, resultó que le conocía.
Dejé Mi Vespa aparcada y decidí caminar para empaparme un poco más de ciudad y entonces las vespas comenzaron a surgir como las amapolas en los campos durante la primavera. Parecía como las persecuciones de las pesadillas solo que en agradable porque, por si aún alguien no se ha dado cuenta, me gustan las vespas.
Entré a una tienda de ropa sin demasiada intención de comprar, sólo por echar un vistazo y allí, en el estante de las camisetas, encuentro otra Vespa estampada sobre una tela azul, otra sobre una roja y otra más sobre verde. Increíble. ¿Por qué increíble? Porque esa misma mañana, hablando en el trabajo con un compañero vespista, me enseñado una de sus camisetas vesperas y quedé con ganas de tener una. Así que, como mi presupuesto impedía comprarme el juego completo escogí la verde y salí de nuevo a la calle.
Aparcada un poco más adelante sobre la acera encontré un modelo de los primeros setenta muy poco frecuente. Lamenté el mal estado de conservación en que se encontraba y seguí caminando. Mientras esperaba para cruzar la calle pasó por ella un impecable modelo perfectamente restaurada y repintada de un verde chillón que alumbraba toda la calle, la misma calle en la que encontré una tienda de objetos pop del pasado y que me llamó para entrar.
¡Qué paraíso! Hubiese salido cargado de recuerdos de no ser porque cinco mudanzas en dos años son suficientes para darse cuenta que no conviene acumular adornos innecesarios. Desde libretas hasta relojes pasando por pastilleros, pitilleras, pegatinas, chapas, miniaturas, pósters... todo lo que a uno se le pueda ocurrir fabricar usando la Vespa como motivo.
Contuve las ganas ante cada uno de los artilugios hasta que tropecé con un reloj de pared irresistible. Ya iba a preguntar el precio cuando me di cuenta que no uso reloj y no me gusta que dos agujas inquietas me recuerden el paso del tiempo.
Así que salí con las manos vacías y los ojos llenos de más variedades de vespas aparcadas por todas partes: bonitas, feas, nuevas, viejas, cuidadas, olvidadas, exclusivas, repetidas... Decididamente, ayer parecía ser el Día Mundial de la Vespa y todos los vespistas de Madrid decidimos salir a la calle para celebrarlo.
Aunque yo seguía a pie, quizá por eso tropecé con más scooter que nunca y con una nueva tienda retro a la que también decidí entrar. En este caso la vinculación con las vespas venía de su vertiente mod: chapas, bolsos y... ¡camisetas! allí estaba la camiseta que esa misma mañana había visto a mi compañero. Uyssss... ¡qué tentación! Busqué mi talla, la estiré, la tuve entre las manos, la observé bien, miré la etiqueta con el precio y la doblé cuidadosamente para dejarla en el mismo lugar que antes. Total... tampoco era tan bonita.
Una llamada de teléfono me recordó la hora y la cita que tenía pocos minutos después así que regresé a toda prisa al lugar donde había dejado aparcada Mi Vespa, coloqué como pude todos los bultos que había comprado y arranqué rumbo a mi destino.
Sorteando el tráfico inmóvil hubo muchas cosas más que me llamaron la atención pero eso será motivo de otra nota.
jueves, abril 14, 2005
¡Me he pasao!
El ensayo había resultado tan productivo como divertido por lo que salí de la sala de muy buen humor. Había que celebrarlo con unas cervecitas. Como el cajón no cabe en ninguno de los huecos de Mi Vespa, lo colgué a la espalda como si fuese una mochila y me disponía a arrancar cuando salieron mis compañeros. Las risas se debieron escuchar en toda la calle. Comenzaron las comparaciones: que si parecía el tío del cohete de las Olimpiadas de Atlanta, que si un caracol, que si un astronauta. Y debía ser cierto que tenía un aspecto cómico. Visualizad la situación: un tío sobre una Vespa, vestido de negro y con una cazadora de motorista que, de por sí, tienen bastante aspecto espacial, también negra. Un casco (que a ver si lo cambio de una vez) de esos que les gustan a los chavalines que montan en ciclomotores ruidosos, todo lleno de colorines (es que me lo regalaron...) llamativos y el remate: a la espalda, una bolsa negra enorme y cuadrada más grande que un micro ondas. Ahora que cada cual siga imaginando comparaciones.
El caso es que de esta guisa y con el humor mejorado tras las risas por mi aspecto, arranqué rumbo al bar en el que había quedado. La noche era perfecta. Una de estas noches primaverales en que la luna creciente aún permite ver unas cuantas estrellas. El calor de la tarde había dejado en el ambiente una temperatura, aunque fresca, agradable para pasear en moto. Enfilé la autopista y me puse a cantar bajo el casco, a tararear las últimas canciones del ensayo e improvisar ritmos con los pies sobre la plataforma de Mi Vespa. No iba deprisa, disfrutaba del paseo, de la carretera, de la ausencia de tráfico... de la noche. Nada me importaba sino ese preciso instante. Ni los paneles informativos que recuerdan que la carretera no es un circuito, ni los carriles de desacelaración, ni los indicativos de dirección. Hasta que se me ocurrió levantar la vista del negro asfalto y la discontinua línea blanca para comprobar que ¡me había pasado el desvío! Quizá esto no parezca extraño al lector pero si sabe que llevo viviendo en el mismo lugar más de diez años, entenderá lo cómico de la situación. He de decir en mi defensa que han reformado los accesos hace poco pero creo que hubiera pasado de largo aunque fuese la puerta del baño de mi casa.
Efectivamente, la noche era deliciosa y no me hubiese importado recorrer diez kilómetros de más de no ser porque me esperaban. Llegué un poco más tarde, sí pero cantando... "Aquella noche / qué guapa estaba la luna..."
El caso es que de esta guisa y con el humor mejorado tras las risas por mi aspecto, arranqué rumbo al bar en el que había quedado. La noche era perfecta. Una de estas noches primaverales en que la luna creciente aún permite ver unas cuantas estrellas. El calor de la tarde había dejado en el ambiente una temperatura, aunque fresca, agradable para pasear en moto. Enfilé la autopista y me puse a cantar bajo el casco, a tararear las últimas canciones del ensayo e improvisar ritmos con los pies sobre la plataforma de Mi Vespa. No iba deprisa, disfrutaba del paseo, de la carretera, de la ausencia de tráfico... de la noche. Nada me importaba sino ese preciso instante. Ni los paneles informativos que recuerdan que la carretera no es un circuito, ni los carriles de desacelaración, ni los indicativos de dirección. Hasta que se me ocurrió levantar la vista del negro asfalto y la discontinua línea blanca para comprobar que ¡me había pasado el desvío! Quizá esto no parezca extraño al lector pero si sabe que llevo viviendo en el mismo lugar más de diez años, entenderá lo cómico de la situación. He de decir en mi defensa que han reformado los accesos hace poco pero creo que hubiera pasado de largo aunque fuese la puerta del baño de mi casa.
Efectivamente, la noche era deliciosa y no me hubiese importado recorrer diez kilómetros de más de no ser porque me esperaban. Llegué un poco más tarde, sí pero cantando... "Aquella noche / qué guapa estaba la luna..."
miércoles, abril 13, 2005
Ese botón
- ¿Qué es ese botón rojo?Mientras yo abría el cofre, sacaba el casco y me calzaba los guantes, él no dejaba de mirar Mi Vespa. Parecía entusiasmado con los prodigios de la técnica moderna. Quizá la suya fuese el modelo del sesenta y seis o alguna posterior incluso. De aquellos días en que tener una Vespa otorgaba cierto prestigio y podías pasear a la novia por la Casa de Campo sentada en la parte de atrás con su pañuelo anudado al cuello. Sí, miraba Mi Vespa reluciente con añoranza, no sé bien si de su vieja máquina o de los tiempos perdidos. Al lado, una mujer mayor que nosotros dos juntos, vestida con ropas cansadas, yacía sentada en un bordillo junto a una farola. Se apuntó a la conversación:
- Para cortar la corriente
- ¿Y esa aguja?
- Mide la temperatura del aceite
- ¡Ah! Pero... ¿lleva aceite?
- Sí, tiene un motor de cuatro tiempos
- ¿Y las marchas?
- Es automática
- Caray, yo tuve una pero no era tan moderna. Y el caso es que... es bonita, la
condenada.
- Tú viniste ayer ¿verdad?
- No, señora, hace tiempo que no vengo por aquí
- Pues me parecía haber visto esa moto ahí mismo aparcada ayer. Si no
era esa se le parecía mucho. Sí que es bonita, sí.
Por desgracia tenía prisa. No se debe tener prisa viajando en Vespa. Debía haber olvidado que me esperaba una oficina gris y haberm quedado allí, charlando con ellos al sol del invierno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)